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   Marco Antonio Terragni, Fotógrafo    
    FOTOGALERÍA    
         
  Soledad, ese universo. Dra. Grizel Lelia Chiozzi - Noviembre de 2009.-    
    Trabajo de Dra. Gisel Lelia Chiozzi    
         
  Trabajos Premiados    
   

2º Premio narrativa

Concurso de ERA (Escritores Rafaelinos Agrupados) Año 2009

VIRGINIA GUTIERREZ

AUTORIA

Algunos años después, todavía se lo preguntaba. Pero nunca supo cómo fue que comenzó a hacerlo. Simplemente, luego de un largo texto, colocó el nombre de Juan Ricardo De Laurentis. Y lo envió.

Pasaron cuatro ediciones de miles de ejemplares por las rotativas antes de que el verdadero De Laurentis hiciera sonar los teléfonos de la redacción del diario. Él había visto sólo la última publicación y desconocía que ya existían tres apócrifas. Al enterarse, elevó todavía más el tono de voz. Y mientras conversaba el escritor con el editor, una quinta impresión del falso De Laurentis se imprimía en el taller.

Unas horas más tarde y con ceño fruncido, Juan Ricardo De Laurentis entraba a la redacción del matutino. El director abrió la puerta de su oficina ni bien lo vio aparecer en los pasillos vidriados.

Mientras tanto, una decena de periodistas chequeaba que las últimas publicaciones literarias que se le habían incluido en las páginas del diario pertenecieran efectivamente a sus autores. Los escritores confirmaban su teoría, aunque asombrados de que se les hiciera tal pregunta semanas después de que habían circulado sus poemas o cuentos.

Pero todavía nadie sospechaba algo más grave. En el mismo taller donde se imprimía el diario, se realizaban trabajos a terceros, y la editorial más grande del país había encargado hacía algunas semanas la impresión de la obra de Juan Ricardo De Laurentis.

Los libros ya circulaban por todo el territorio nacional e incluso abordaban barcos y aviones para cruzar fronteras. Una vez conocida la noticia, unos empleados acercaron un ejemplar a la oficina donde escritor y directores intercambiaban los más sutiles insultos.

Y mientras jefe de máquina, editores y directores se lanzaban culpas mutuamente, Juan Ricardo De Laurentis devoró en silencio los primeros párrafos del libro que no había escrito. Descubrió un talento implacable, digno de su nombre.

Sólo un motivo podría haberlo sacado de la oficina donde se estaba develando un enorme engaño: estaba naciendo su séptimo hijo.

Era su séptimo hijo pero el primero de Macarena. Habían decidido llamarlo Juan Ricardo a pesar de las quejas de sus otros seis hijos, a los que les habían tocado nombres de apóstoles. "Esa fue una decisión de su madre, yo ni siquiera creo que Jesús pudiera tener amigos", se defendía.

O sea que ahora en el mundo había de pronto dos Juan Ricardo De Laurentis más. El que estaba en sus brazos, estrenaba piel y una mirada ingenua. El otro alimentaba tal vez una extraña intención.

De Laurentis esquivó algunos periodistas en la puerta, que si hubieran sabido lo ocurrido en el diario con sus escritos seguramente hubieran actuado con más insistencia. De todos modos, les dio la foto de familia feliz que querían y se encerró en el baño para hablar con su abogado. En pocas palabras, el hombre de leyes le explicó que la publicación de cinco breves en el diario y un libro de 235 páginas había sido posible por la firma de su representante legal, es decir, su ex mujer, de quien se había separado meses antes cuando trascendió la noticia del embarazo de Macarena. "Así que el holgazán volvió a escribir", había dicho la mujer mientras firmaba, pensando más en el porvenir económico de los seis De Laurentis que vivían bajo su mismo techo que en la felicidad de su ex marido, quien llevaba casi un año sin escribir ni una palabra.

Para esa altura, el escritor ya no estaba enojado con la causa, ni con su ex mujer, ni siquiera con el obstetra que chequeaba salvajemente al recién nacido. Estaba furioso, más bien porque en tantos años sumergido en la literatura no había sentido jamás la conmoción que le causaron los pocos párrafos de ese libro, la contundencia de la palabra exacta, la metáfora elocuente.

Algunos años después, en un parque, escondidos de todos, el verdadero De Laurentis felicitaría al impostor y le entregaría un sobre lleno de billetes para comprar la eternidad de su obra. A veces suceden cosas así, cuando el destino se encapricha en disfrazar el talento y hacer parir a las musas.

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2º Premio poesía – Concurso de ERA

(Escritores Rafaelinos Agrupados) Año 2009

BAJO EL PUENTE "En lo hondo no hay raíces. Hay lo arrancado"

Hugo Mujica

 

Bajo el puente no hay agua.

Hace años que no hay agua.

Hay un rancho y otro, y otro más.

Hay niños que corren

y padres que luchan sin medios

contra el hambre y el tiempo.

Bajo el puente no hay agua.

Hay chapas de zinc, paredes de cartón

ropa tendida, un perro

y entre la miseria del abandono, sueños.

MARTIN CORDOBA

MARTIN CORDOBA: Ha publicado en diversas antologías poéticas. En 2008 publicó su primer libro de poesías "Historias", declarado de interés cultural en la ciudad de Laguna Paiva (Santa Fe). En el año 2009 organizó el primer FEMPI 09 (Festival de música y poesía independiente) que reunió a jóvenes artistas de tal condición, Tiene 26 años. Hace seis que vive en Rafaela. Parte de su familia lo hace en Laguna Paiva, viaja con frecuencia y por eso surge el tema del libro. Sus obras pueden encontrarse en la página www.lagunapaivaweb.com.ar

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1º Premio narrativa – Concurso de ERA

(Escritores Rafaelinos Agrupados) Año 2009

LILIA RAQUEL TESTI

EL SURFISTA

Todo lo que me sucede es extraño. Estoy tendido en la tabla y avanzo en línea recta; la vibración es monótona; el cuerpo se bambolea de manera rítmica hacia ambos costados pero no me deslizo; permanezco recostado como si correas me ataran en esta posición. Quiero pararme, buscar el equilibrio que me impulse al juego de esquivar, enfrentar y romper las olas para sentirme omnipotente, vencedor del gran desafío. Pero no puedo. Hay un letargo en mis músculos casi placentero; me agrada dejarme llevar por manos invisibles que me guían en la inmensidad. El sonido es diferente al acostumbrado; no se parece al rugido que me incita a la confrontación y que yo, mudo pero dispuesto, escucho con la certeza de llegar a la costa triunfante. Lo que percibo es un murmullo indescifrable y de una humanidad que el mar carece. Sin embargo, ahora siento que desciendo, que caigo desde lo alto pero sin notar la electricidad del impacto cuando me asiento en el agua y añoro la descarga de adrenalina que siempre me produce. Otra vez me empujan hacia adelante, más rápido, sin dejarme la posibilidad de cortar la cresta en perfecto balance. ¿Qué sucede? ¿Por qué me detengo y me desplazo hacia otra tabla? A través de los párpados entrecerrados vislumbro la claridad potente nacida de un sol blanco que ilumina sin irradiar calor. De todos modos, estoy relajado y me dejo estar, flotando en esta duermevela que me arrulla como marea calma.

Alina se quitó la túnica para untarse el cuerpo con bronceador sin dejar de admirar la figura espléndida que se destacaba en el mar encrespado. El surfista se había atrevido a internarse muy lejos para su criterio, pero lo suponía un avezado deportista y, además, ella no era experta en el tema. Disfrutaba del espectáculo en la soledad del lugar, libre de turistas irritantes que decidieron no concurrir a la playa debido al viento molesto que soplaba levantando nubes de arena. Para evitar el escozor en los ojos y en la piel, se instaló en un reparo del peñasco, donde se producía la rompiente que salpicaba una fina lluvia de espuma. Le producía un inmenso placer ese cosquilleo fresco en la calidez del verano y se deleitaba al contemplar el tumulto líquido que se arremolinaba, como lucha de cuerpos antagónicos, para luego fundirse en uno solo y morir con un poderoso bramido contra las rocas. No pudo evitar la comparación y dedujo que, en cierta forma, el mar era un espejo de la vida, turbulenta y combativa, pero con la inevitable finitud marcada por el último obstáculo. Se incorporó para ver mejor al hombre que hacía equilibrio enfundado en un traje de neoprene rojo; parecía una escultura surgida del abismo en un marco de gotas cristalinas. Sintió envidia por el coraje y la determinación de esa persona capaz de aventurarse en un sitio tan peligroso; imaginó que sería un triunfador en lo que se propusiera, sin el miedo y la incertidumbre que ella padecía cada vez que se enfrentaba con una situación límite. Tal vez, no eran tan distintos; él se aislaba del mundo en el espacio abierto donde nadie podía derrotarlo, y ella se guarecía en su escondrijo para evitar el contacto con la gente. Eran dos solitarios en diferentes entornos que les aseguraba una infranqueable privacidad.

El viento cambió de dirección en forma abrupta; soplaba con mayor fuerza desconcertando a las olas que, a merced de la corriente, se llevaban por delante en frenética contienda. El surfista parecía haber sentido la alteración; Alina notó que titubeaba en el manejo de la estabilidad, como si hubiera perdido el rumbo. Una ola gigantesca lo encerró y lo hizo desaparecer por unos segundos para luego devolverlo a la superficie con tanta violencia que el cuerpo, con la tabla todavía sujeta, voló por el aire, rebotó en la saliente semioculta del peñasco y cayó en la costa lindante.

Presa del pánico, hurgó desesperada en el bolso hasta encontrar el celular; las manos le temblaban mientras buscaba en el directorio el número de emergencias. Cuando logró pedir auxilio, descendió por las rocas hasta el lugar donde yacía el surfista, se acuclilló junto a él y comprobó que el corazón aún latía; entonces acomodó la cabeza del desconocido en su falda y permaneció en esa posición hasta la llegada de la ambulancia.

Es curiosa esta calma súbita; este vacío de sonidos, esta penumbra como si oscuras nubes hubiesen cubierto al sol. Pero soy paciente, sigo aferrado a la tabla y con el cuerpo suspendido en el agua, esperando que el vientre fecundo del mar genere las ondas que me impulsarán hacia la cima. No falta mucho, ya percibo la dinámica que producen al ir creciendo en volumen y debo trepar para recibirlas. Las veo crecer, abrirse como las fauces de un cetáceo y expulsar un torrente líquido que se eleva y me levanta, firme y seguro, combativo hasta el fin, para superar la cresta y ascender, si, ascender, surfear en lo alto, rasgar el velo de la atmósfera con cabriolas inéditas hasta exceder las barreras de la perfección humana.

El hombre de la bata verde entró en la sala que estaba vacía a excepción de una joven acurrucada en un sillón. Agotada tras la larga espera, sorprendida por el descubrimiento de esa sensación nueva de afecto hacia un extraño, cuyo nombre ignoraba pero que le había devuelto el sentido de solidaridad, Alina no necesitó escuchar las palabras del cirujano. Lo supo. Intuyó, con aflicción creciente, que el surfista había sucumbido ante el último obstáculo.

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1º Premio poesía – Concurso de ERA

(Escritores Rafaelinos Agrupados) Año 2009

MARIA JULIA RUIZ

 

Tiempo de habitaciones separadas

L.G.M.

La cárcel de un tiempo sin tiempo

los años

la espera como un punzón en el vientre

El largo pasillo que separa mi vida de la vida

La nostalgia sé que acerca con los años

Te presta la boina, el cigarrillo

la bufanda a cuadros

Extiende hasta tus pasos el peso de la eternidad

La nostalgia que llega como se esperan las cosas más dulces

con el dolor de la desesperación

de la desilusión

Siempre tiene esa cara de asilo, de dentadura podrida

trae en las costillas el olor de la muerte

se siente tan cerca

como el tiempo

como la nostalgia

como las habitaciones separadas

 

   
         
  Milagros Driulo “El poeta” y “Agosto”      
   

 EL POETA

 Volátil existencia,

corazón acrisolado,

cazador de utopías.

En sus palabras,

bizarro.

Perito,

en la urdimbre

de pensamientos vanos,

sosiego de alma

-aún

en el desbarro-

hacedor de primaveras,

alfarero de ilusiones

entre párrafo y párrafo.

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 AGOSTO

Silba el viento

en los tejados

milenaria melodía.

Nubes negras,

grises,

blancas,

regordetas

bailarinas.

Celestiales maratones.

En la calle

los peatones,

gorros,

guantes y chalinas.

Se vacían las veredas

Ya comienza la llovizna.

 MILAGROS DRIULO

   
         
  Olga Catalina Schmidt “Hasta que la muerte nos separe”      
   

HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

     ... y fue entonces cuando decidí que tenía que matarlo.

 

     La noche se cernía a mi alrededor. Noche afuera y noche adentro del alma.

     Los párpados me dolían  intentando mantenerlos cerrados, pero el sueño no venía en mi alivio.  

     Hacía varias horas, y lo que es peor, muchos días que estaba padeciendo esa tortura.  

     Él no dormía, se complacía en molestar mi descanso; podría entenderlo si lo pasaba desvelado, al fin de cuentas eran cosas suyas, pero no tenía ningún derecho a turbar mi reposo.  

    Me arrebujé bajo la sábana, hundí la cabeza en la almohada, con la esperanza de no escuchar el incesante murmullo, que llegaba hasta los atormentados oídos.  

    En cierto momento  abrí los ojos atisbando la hora que marcaba el reloj¡ Casi las cinco de la mañana! Una rabia sorda se apoderó de mí . Las manos me temblaban y estaban impregnadas de humedad. Es que el cerebro ya había recibido la decisión, y era drástica. No soportaba más, debía matarlo, asesinarlo sin darle tiempo a reaccionar. La determinación ya estaba tomada.

   Me levanté sigilosamente tratando de que no me escuchara. En cierto momento creí que había detectado mi presencia, porque dejé de oír su alboroto, pero fue solamente un instante ya que volvió con todo el ímpetu arremetiendo contra la paz hogareña.

    ¿ Qué intrínsecos pensamientos corroían su mente para sentirse el dueño de la noche, sin importarle el descanso de los demás? Le había llegado la hora. Era tal el furor que me dominaba que no podía pensar en las consecuencias.  

    Me agazapé cerca de él y sin que lo intuya siquiera le asesté un golpe certero que lo derribó. Después como poseída por una fiebre de venganza, tratando de no mirar el cuerpo caído, lo rematé.

     ¿Ahora qué haría? Los interrogantes no tenían respuesta.

     Por el momento esperaría que amanezca; aunque ya la tenue luz del día comenzaba a filtrarse por los ventanales.

     Era inútil querer permanecer en la cama; así que como cualquier asesino, volví al lugar del crimen.

     Mi cuerpo se estremeció cuando lo vi inerte, me incliné para observarlo con detención y los ojos fijos, sin brillo, que se obstinaba en mantener abiertos; me llenaron de espanto. Cerré los míos, el hecho ya estaba consumado. ¡Inútil el arrepentimiento!

     Sin embargo,  una vez más,  la compasión me dominó y al darme cuenta de que había segado una vida, comprendí que quizá pude usar otro medio para zafar del problema, como correrlo a escobazos o espantarlo de alguna manera.  Después de todo, mi abuela siempre decía que a los grillos no hay que matarlos, porque... pero ya no me acuerdo bien por qué.

OLGA SCHMIDT 

SEGUNDO PREMIO

CUENTO CORTO

XII CONCURSO NACIONAL /  2008

"POETA LUIS LUCERO" – CORDOBA

   
         
  “Poenimios"  - Margarita Oliva - 2007      
   

            INSOMNIO

 En la noche sin sueño

la tensión del poema

crece.

 

Sólo la palabra  sin tregua

puede cubrir piadosa

ese silencio que orilla

lo absoluto.

 

      EQUILIBRISTAS

 Dónde hallar

el escurridizo límite

entre el yo y el nosotros.

¿Seguiremos

la marcha en las cornisas

con la vida a cuestas?

 

             PEREGRINA

 Indagar

sombras huyentes

en las siestas del verano

por el aire libre.

 

       EN LA PERGOLA

Esperar el paso de la luz,

el canto en la lejanía,

la vibración oculta.

 

Surcar

el tiempo suspendido,

la travesía,

el destierro.

 

            SOMBRAS

 No dije voy a volver.

No vi  si la luna era

una moneda quebrada.

No sabré

qué pensabas entonces.

 

             TAREA

 En la todavía noche

seguiré reescribiendo

un poema inconcluso

manchado con gotas de vino

de sangre.

 

Aguardo la oportunidad única

para hablar.

 

              ELLA

 Agnóstica y panteísta,

desierta y floreciente,

desorbitada y calma,

cuál es

la que me usurpa,

me desborda,

me transcurre.

 

        RETRATO

 Salgo a la calle

vestida de palabras,

conjugando el olvido

y la inquietante

memoria antojadiza.

En este escenario

de fugaz eternidad

soy una fotocopia desdibujada,

inútil testimonio

del vacío.

   
         
  “El llamado para auxiliar”      
    Artículo de Marco Antonio Terragni    
         
  “Ser y tener”      
    Trabajo de Bernardo Drubich    
         
  Cómo aprendí a amar las paredes    
    Trabajo de Hugo Borgna    
         
   Sala Cultural Antonio Terragni    
    Actividades de la Sala Cultural    
         
  126 Años de la Ciudad de Rafaela: Emotiva presentación de la tercera edición del libro "Historia de Rafaela" de Adelina Bianchi de Terragni    
    Crónica del Acto    
         
  Cuatro cuentos de Ángel Balzarino    
    Rosa  - El Acecho  - Al otro lado de la ventana  - Un cuarto lleno de sombras    
         
  Poema: Julio Federik    
   

ELLOS

 

Ellos viven en mí, en cada gesto

advierto a mi padre o a mi abuelo;

era esa forma de mirar el cielo

o acaso fuera el corazón dispuesto.

 

Y me pregunto a quién llevaré puesto

cuando quiero vencer el desconsuelo,

cuando por tantas cosas me rebelo

y por alguna sinrazón protesto.

 

Ellos viven en mí y yo los siento,

como el aire de enero siente al viento

y el remanso del agua siente al río.

 

Es por eso que ayer en el espejo

Vi otra vez,  el nítido reflejo                                  

del rasgo de sus rostros, en el mío.

   
         
  Poemas: Carlos Di Sarli    
   

 EXCELSIOR  (Soneto acróstico a Carlos Di Sarli)

Alto el silencio que, expectante, calla,

Carlos Di Sarli a dirigir se apresta.
Aletean sus manos... Y la orquesta

Relampaguea en lírica batalla.

 

Limpio el compás, la música detalla

Ondas de luz. Y baja, se recuesta,

Sube después y, en armoniosa fiesta,

Delirante, apoteótica, restalla.

 

Idealizado, el tango varonil y fuerte

Sacude la emoción ebrio de euforia.

Ahóndase en el alma. Y de esta suerte,

 

Redimido del barro por el estro,

Logra la cumbre, en alas de la gloria

Inmarcesible del genial Maestro.

 

MARIO R. VECCHIOLI 1903 - 1978

 

(Rafaela, Provincia de Santa Fe) - Poema obrante en el cuarto tomo de su Obra Poética.

 

Laureado Poeta Argentino, traducido al Italiano, Portugués, Piamontés y sistema Braille.

   
         
   

Carlos Di Sarli                                                                        La Opinión, enero 1993.

A 33 AÑOS DE

SU MUERTE

 

Le confirió al tango un incomparable señorío, imprimió a su orquesta la modalidad cuerdista por excelencia, dotando a la misma de una jerarquía estilística de excepción. Fue dueño de un talento musical innegable, traducido en su triple condición de director, ejecutante y compositor.

El 12 de enero de 1960, fallecía en Olivos (BA); compuso dos temas instrumentales que son fundamentales dentro de la música popular. Su inspiración abrumadora y su buen gusto musical dieron a la luz "Milonguero viejo" -1926-, que dedicara a su maestro, Osvaldo Fresedo y "Bahía Blanca" -1958-.

Con el poeta Héctor Marcó compuso "Nido gaucho", "La capilla blanca"; "En un beso la vida"; "Porteño y bailarín".

Con otros autores compuso "Verdemar"; "Otra vez carnaval" y muchos temas más.

Por su orquesta pasaron las mejores voces del tango, tales como Santiago Devin, Ernesto Famá, Roberto Rufino, Alberto Podestá, Mario Pomar, Oscar Serpa, Jorge Durán. Carlos Acuña, Horacio Casares, Roberto Florio y Argentino Ledesma.

La labor solista fue infrecuente en los tangos que interpretaba su orquesta, a excepción de "Mi refugio" y "La Cachila" -solos de piano-; "Tinta verde" -solos de violín- y "El Choclo" -solos de bandoneón-.

Su personalidad romántica quedó definitivamente evidenciada en la acentuación rítmica impuesta a su orquesta y en la calidad incomparable de los temas que creara.

Había nacido 60 años antes en Bahía Blanca. Le decían "El señor del tango". Se llamó Carlos Di Sarli.

   José H. Marquínez

   
         
  Cristian y sus bisabuelos por Hugo Borga    
    Hugo Borgna – 2do.  Premio San Justo – 2001 – Publicado en Letras (ERA) junio 2002 - Publicado en La Opinión – setiembre 2004

Profundamente juntos, Antonio y Julia están unidos por la increíble cantidad de agua que recorrieron en un solo sentido, por la Airasca que no quieren borrar de sus emociones y por los nombres y apellidos que dejaron como prueba de su amor, a quienes con frecuencia miran desde la blanda casa en que viven, en un rincón circular de la larga noche. 

    Nunca se le ocurrió pensar a Cristian que las luces que cuelgan del techo de tiempo y silencio son algo más que estrellas. Tampoco se sintió nombrado en las largas conversaciones que allí sostienen los que lo miran a él, a sus padres, a sus abuelos.

   Aún ahora, en esta definitiva tierra azul, Antonio y Julia no dejan de sentirse extraños. Intuyen en la palabra raíz, lo que no alcanzaron a tener. ¿Es el lugar montañoso de donde salieron en 1914? ¿O la familia que les fue creciendo allá abajo? ¿No estará en este sitio indefinible donde vivirán por siempre? Lo que comprenden viendo los actos habituales de Cristian, al que prefieren llamar posesivamente el bisnieto, es que la capacidad de asombro no tiene fin.

  Recostado en un sillón con los ojos cerrados, miraba una y otra vez las partituras que se ayudaban para no caer de la pequeña mesa, sosteniendo especialmente a Il mazzulin di fiori . Allí también estaba el decreto que lo designaba pomposamente como Director del Coro Polifónico a él, que se sentía satisfecho por el simple hecho de poder hacer volar al aire corcheas y semifusas.

   El que más se quejó fue Antonio. Julia, comprensiva, había perdonado siempre las actitudes egoístas de los hombres. Son en realidad débiles, decía para cerrar las discusiones que amenazaban con eternizarse y eso era grave, teniendo en cuenta la medida de tiempo de donde ahora vivían.

   Sin embargo  Cristian fue un caso especial, que puso a prueba hasta la paciencia infinita de su bisabuela.

   El director no dormía, sentía cada nota, acomodaba el orden de las canciones, imaginaba el efecto que haría su arreglo en el público.

   En la casa de Antonio y Julia se escucha música: nace de cada soplo, combinado con juegos de luces. Son canciones íntimas, sentidas, donde aparecen palabras y gestos de los descendientes a quienes miran atentamente, emitiendo opiniones acerca de ellos.

   Aquél paso de los planetas grandes (es una de las medidas de tiempo que usa Antonio) fue especialmente conflictiva.  Se habían acostumbrado a ver a Cristian en el  club italiano llevando la remera con la inscripción University of California. También a que cuando iba al museo de la fotografía, en lugar de mirar las que mostraban el tren llegando a la plaza 25 de mayo en los primeros años del siglo, donde ellos veían tantos conocidos, se extasiara con las obras de  técnica digital. Entendían que no supiera lo que era una ventosa, pero hubo un desconocimiento que para ellos fue escandaloso.

   El director se incorporó, decidido. Ya estaba definido el repertorio. La primera canción sería Il mazzulin de fiori. Lo que no le gustaba demasiado era que algunos coreutas (como Cristian) no conocieran el dialecto tradicional.

   Antonio se enojó al enterarse de que a Cristian no le sugerían nada especial los nombres de Colombo y Ripamonti. Cuando supo que debieron escribirle en fonética las canciones piamontesas, se indignó.  Julia una vez más equilibró la situación, le recordó que él no sabía lo que es un chip.  

   El bisnieto era un problema especial también para el director, cuando advirtió que además de no cantar bien, había ingresado al coro sólo para tener oportunidad de relacionarse con Claretta, una de sus voces preferidas.

   No siempre desde arriba miran a las mismas personas ¡Hay tantos parientes! ¡Tantas generaciones! Esa vez la que avisó fue Julia: el murmullo de la sala llegaba hasta allá. La expectativa que había creado la primera actuación del coro Piamontés había llenado la sala: esa misma tarde resolvieron agregar dos funciones. La expresión normalmente grave de Antonio había desaparecido: miraba a Cristian y sonreía, el bisnieto ya ocupaba  las gradas junto a los demás coreutas. No miró a Julia, para que ella no le descubra la sensación de satisfacción infinita que experimentaba. Ella no le dirigió la mirada para no hacerlo sentir débil.

   El director dio un golpecito de advertencia y el coro se puso alerta. Alzó los brazos  buscando bajar la belleza suprema y los bajó suavemente,  para que no se pierda. Primero fue un susurro, como el de las aves antes de levantar vuelo.

Il mazzulin de fiori

Que ven de la montaña

La carga de emoción hizo que, con fuerza, ganara altura el canto.

Se lo voglio rigalar

   Julia dio la voz de alarma: Cristian no estaba cantando, había olvidado la letra. Antonio desde el fondo de sus ancestros sentenció: no es mi bisnieto. Julia, siempre ella, tomó las últimas reservas de dulzura y hasta las inventó, para tratar de convencerlo. ¿Hasta cuándo, se preguntó Antonio, tendré que dar últimas oportunidades?

   El canto siguió, seguro y emocionado.

                                                                  Sara una bruta sera

   A veces parece un trueno. Es la forma que tiene el público de hacer llover las felicitaciones. Después, ponerse de pie para aplaudir y felicitar con gesto de satisfacción. Luego volver a la casa,  a la vida establecida.

   En ese ámbito donde todo se analiza con serenidad el director no terminaba de comprender.

   Si Cristian no había cantado, ¿quién era el dueño de la voz de tenor que, emocionada y enérgica, se sumó desde la segunda estrofa y pareció partir desde su derecha? 

   
         
  Paisaje familiar por Hugo Borga    
    Hugo Borgna – 1º Premio Asoc Médica Narrativa 2002 –Publicado Supl.La Palabra (La Opinión) oct 2002 

   Un pañuelo verde tendido a lo largo. Otro amarillo. Y uno celeste (desde el avión pensó que bien podría ser un reflejo del cielo).

   Pero sobre los espejos no camina el ganado.

   Tampoco se les colocan clavos en los extremos, algo bien inútil si se tiene en cuenta que el viento, salvo que sea malvado, no se puede llevar la tierra.

   Tampoco los recuerdos, que de pronto ascendieron hacia la cabina, sin necesidad de perforar el sólido metal.

    No había impedimento para sentirse etéreo, una porción de aire, una unidad inconmensurable de tiempo. Cuando después de su abstracción vio un cuerpo, advirtió que era el suyo y que era tan concreto como esas figuras que podía adivinar adheridas a la ola vegetal.

   Lejos para su impaciencia. Cerca en su larga mirada.

   Un campo como ese, era donde había crecido. Por qué no, el que estaba viendo.

   Una belleza casi musical regalaba indefinibles colores interiores. O simplemente repartía nostalgia.

   Entre cielo y suelo hay mucho más que un cambio de letras. Conceptualmente los distintos significados se unen o diferencian, según el viento que empuje los sentimientos. En la mutable distancia transparente se escondían los años desde que había dejado de habitar ese paisaje conocido.

   Los cambios se producen casi sin aviso.  Sin saber cómo, había pasado de la vida en la naturaleza a la complejidad técnica de un avión. Recordaba claramente haber analizado distintas opciones dentro de la actividad aérea y cómo, decididamente, había resuelto ser piloto civil.

   Una forma como cualquier otra de no salir de la fuente.

   Antes, condujo planeadores. Era hermoso sentir el silencio absoluto de las alturas, pero debió adaptarse y ejercer una tarea remunerativa, menos ecológica y más ruidosa, fumigando campos para una empresa extranjera.

  Hubiera querido regresar con más tiempo, para poder hablar con los hombres que veía trabajar debajo de los sombreros, cerca del molino.

   (Nunca había asimilado como perteneciente a la imagen de naturaleza, esa estructura metálica, antiestética, que movía sus brazos sólo porque soplaba el viento.)

   No es bueno intentar revivir el tiempo pasado: no vuelve. Y de algún modo, siempre llega el aviso de que hay que dejar de las vivencias superadas,  para atender el presente.  

   El motor del avión había producido ese ruido que, aunque previsible, preocupa y alerta y hace necesario tomar decisiones. Estaba preparado para la situación, calculó bien tiempos y movimientos, se colocó el paracaídas y se lanzó. Lo hizo todo bien, con seguridad, sin temor.

   El paisaje ahora tenía un movimiento distinto, casi estático. Podía sentir el aire en la cara.

   Le gustó pensar que era una manera natural de regresar a su origen.

   Tuvo tiempo de recordar que había hecho tareas para la Compañía en lugares siempre lejanos a su pueblo, que nunca hubiera imaginado. Lo más cerca que había estado era la zona de Río Tercero.

   Esos sembrados que se mecían saludándolo, lo habían reconocido. Escondida, tímida, la mirada de Mabel no había perdido intensidad, húmeda de rocío y emoción.

   No era el regreso imaginado, sin embargo.

   Tuvo esa sensación nueva y definitiva, cuando el paracaídas no respondió al movimiento indicado. Los colores se habían agitado en el aire, avisando a su modo la situación.

   La fuerza de gravedad hizo lo suyo.

   Comprendió la verdad del círculo que se cierra al notar, no demasiado lejos, a su avión, adherido con fuerza al suelo, pidiendo auxilio con el movimiento de la hélice. De algún modo jugaba a ser molino.

   Abajo, el pañuelo de lino estaba preparado para recibirlo.

   Un mantel verde de soja parecía parte de una mesa tendida, y lo invitaba.

   Unos hombres agitaban los brazos. Corrían a su encuentro.

   Los vacunos del tambo, seguían su imperturbable existencia.

   La tierra, quieta, se dejaba despeinar por el viento.

   Mabel, extendida hasta siempre, abierta al sol y a él, lo llamaba.

   Sintió una excitación como nunca antes.  Extendió sus miembros lo más que pudo.

   Sabía que podía abarcarlo todo.

   
         
  Programa de TV Retratos de ciudad: Antonio y Adelina Terragni    
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   Poemas de Fortunato Nari    
    Poemas "La Sed" - "Oda Rafaelina"    
         
   El extraño caso del campanero de San Miguel    
    Artículo Traducción del alemán de Fermín Luis Garay     
         
   Nota Día del Abogado - 29 de agosto    
    Artículo Diario Castellanos     
         
  De los tristes y dolorosos hechos que acontecieron a una señal de tránsito    
   

   Un día, para ella un dulce día, la pintaron en una pared. Bien alta, en una esquina sobre fondo azul y ella, blanca.

   Era una flecha.

   Como era romántica, recordó aquélla poesía: “tú me quieres blanca, tú me quieres pura...” y sonrió estirando la pintura hacia los  costados, pensando que bien pudo haber sido la destinataria.

   Al principio pensó que era sólo para adornar la pared, fue en la época en que la atacó la primera duda existencial ¿por qué, entonces, la habían hecho en forma de flecha? Porque además, convengamos en que era una simple flecha indicadora del sentido de circulación de los vehículos, pero no por eso necesariamente debía ser tonta.

   Tuvo su respuesta a los pocos días. Automóviles, motocicletas, bicicletas y hasta algún peatón desprevenido circulaban  en la dirección por ella indicada y lo que es mas, primero la miraban tomándola como punto de referencia. Esto la hizo sentirse importante. Y como no podía llamarse Violeta ya no era para nada modesta, se imaginó como la Cruz del Sur guiando a los navegantes por el proceloso mar en las noches oscuras, salvándolos del naufragio.

   Si bien al principio fue la satisfacción de ser necesaria, con el tiempo fue adquiriendo noción de su función social: tenía la obligación de vigilar los vehículos. Por eso, muchas veces durante las noches, al ver luces, trataba de acomodarse mejor para que automovilistas y motociclistas no dejaran de verla. En un momento dado dio en pensar qué duro era ese trabajo de ser personalidad rectora (ya dijimos que la modestia no era una de sus virtudes) y algunas veces imaginaba que figuraría en la historia grande de las ciudades, o en alguna enciclopedia ilustrada y eventualmente  practicaba , cuando había poco movimiento, una pose seria, aunque no severa .

   Porque ella era responsable, pero no antipática y así quedaría en la Historia Universal.

   Un día, miró dos veces una bicicleta ¿Era cierto lo que veía? ¿La bicicleta iba en sentido contrario al que ella indicaba? No le dio demasiada importancia. Pero al día siguiente fueron dos y posteriormente, una moto.

   Esto era preocupante. Trató de poner pose intimidatoria , pero no logró ningún resultado. Ahora hasta algún automóvil cada tanto también iba en sentido contrario y aprendió una nueva palabra que para la flechita sonó como un insulto: contramano.

   Empezó a pensar que estaba envejeciendo (la ancianidad de las flechas de tránsito se nota cuando la pintura se va desdibujando) y se estiró hacia la calle de la derecha. Coincidentemente se encontró en plena ochava con la otra flecha, que tenía la misma problemática. Volvió cada una a su lugar, con la preocupación redoblada.

   Pasaron muchos vehículos bajo la flecha y la situación era muy confusa,  al punto que un día de enero, en que muchos vehículos circulan en otras ciudades porque sus dueños están de vacaciones, realizaron una gran asamblea en la plaza principal. Allí la flecha comprobó que el problema era mucho más grave ya que se quejaban de lo mismo aquéllas importantes, que estaban en las grandes avenidas, anchas y luminosas.

   Ahora, mientras con una intensa desazón ve  como ciclistas y motociclistas  van a toda velocidad a contramano y muchas veces por la vereda obligando a los peatones a correrse, como los autos estacionan en ochavas y también van contramano (¡cómo duele esa palabra!) siente que la ataca una nueva duda existencial y lo comprende a Hamlet, cuando se pregunta ¿ser o no ser? ya que por momentos piensa en ir a ver a aquéllos hombres que la pintaron para que resuelvan el problema. Pero...

   ...¿ y si olvidaron para qué y pensando que no tiene ninguna función, la borran?

Por Hugo Borgna

 

   
         
   Por quien doblan las campanas...    
    Escrito por Carlos Daniel Beceyro    
         
   Sala Cultural Antonio Terragni    
    El Arte como homenaje    
    Nota realizada por La Palabra, tras cumplirse un año de su apertura.    
         
   En nombre del Arte    
    Sala Cultural Antonio Terragni, un nuevo espacio cultural de la ciudad de Rafaela, sincero homenaje a un ilustre de la misma.

En esta nota del diario "El Litoral", fechada el 14 de abril de 2001, pueden observarse mayores detalles.

   
         
 

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