Primer premio 2010

principal

         
   

Cursos, Seminarios - Información Gral - Investigación - Libros y Artículos - Doctrina Gral - Bibliografía - Jurisprudencia  - Miscelánea -  Curriculum - Lecciones de Derecho Penal - Buscador

   
         
 

   
  VALERIA DÍAZ  (Escuela Pablo Pizzurno, Rafaela)
Primer premio concurso E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados) año 2010, para alumnos de séptimo grado.
   
   

Era lunes. Horrible, como siempre. Hice un esfuerzo sobrehumano para asistir al colegio. Traté de apurarme, pero igual se me hizo tarde. Me di cuenta porque Julieta -mi mejor amiga- estaba al lado de la puerta de ingreso haciendo muecas y gestos para que me diera prisa.

   -Dale nena que ya sonó la campana – decía enojada.

   -Ya voy, ya voy.

   -¿Qué te pasó hoy?

   -Nada, yo no tengo la culpa de que al reloj se le ocurriera sonar temprano – reía yo.

   Pero Juli no estaba nada contenta. Me alcanzó a contar rápidamente que la señorita Silvina no había venido ese día, porque tenía gripe, y en su reemplazo iba a dar clase la señora Claudia.

   Ustedes dirán: ¿y qué problema hay?. Es que ella es muy mala, siempre regañando a los santitos de sus alumnos y poniendo cara de sargento (¡pobres sargentos!).

   Nos acomodamos en la fila con los otros chicos y Juli, abriendo grandes los ojos, dijo:

   -¡Ay, no!, ¡no hice la tarea, Clara!

   No fue muy disimulada que digamos la bruja…digo, ¡la seño había escuchado!

   No nos dijo nada, pero estábamos seguras de que se vengaría en el boletín.

   Cuando llegamos al aula, todo era pura carcajada. Nadie se privó de tirar una tiza, ni hacer alguna “pequeña” maldad: tenían que aprovechar que no había ningún adulto. Julieta no era la única, yo también me había olvidado de leer el primer capítulo del libro de la biblioteca.

   -Ay, Clara, nunca vine a la escuela sin hacer la tarea, buscálo aunque odiemos leer.

   -Bueno, Juli, está bien, ya va.

   En esos momentos se acabó el ruido.

   -¡Silencio! Saquen inmediatamente sus útiles y copien lo que les dicto! – dijo Claudia con la “dulzura y amabilidad” que la caracterizaban. Mientras ella abría la carpeta, yo espié el libro de cuentos. Me pareció que uno de los personajes ilustrados me hacía una seña y pensé: “debe ser el sueño que tengo que me hace alucinar”.

   Cuando ya casi finalizaba la primera hora, la maestra nos llamó y nos obligó a “pasar el recreo en la biblioteca sin tomar ni comer nada, mucho menos jugar”. ¡Les dije que se iba a vengar! ¡Lo hacía a propósito!

   -¡Ay, no! ¿Por qué? – protestaba Juli.

   -Si te hubieras callado la boca no estaríamos acá, así que ahora no te quejes – respondí echándole la culpa que obviamente era de ella.

   -Y bueno, no me contuve.

   Pasaban los minutos, estábamos rodeadas de volúmenes, en el más absoluto silencio (raro en nosotras).

   -Clara, mirá ese libro. Lo conozco, es famoso – dijo.

   -Ay, Julieta, basta, no quiero leer.

   Quise guardarlo en un armario, me adelanté para dejarlo en la estantería y por arte de magia empecé a caer. ¡Sí, eso dije! ¡A caer!

   Ella escuchó los gritos de socorro que emití, aterrada, y se lanzó también.

   -¿¡ QUÉ PASA!? ¡AHH! ¿¡PARA DÓNDE NOS CAEMOS, CLARA!?

   -¡PARA ARRIBA SEGURO QUE NO!

   Y por fin…¡Puf! Caímos.

   -¡Auch! Eso dolió.

   -Sí, Juli, ¡ay!, mi espalda.

   -¿Dónde estamos, Clara? – dijo asustada.

   -No sé, pero no me gusta.

   No era un lugar desagradable, sino extraño. Era un bosque.

   -No recuerdo haber visto un bosque en la biblioteca, Juli.

   -No, no.

   De repente, un lobo se acercó gritando:

   -¡Caperucita roja! No me hagas daño.

   Nos miramos entre nosotras como diciendo ¡¿EH?!. De pronto, dicha niña exclamó:

   -Yo sólo quiero flores para mi abuelita, no te haré daño, lobo.

   -Mentira, no sé que quieres de mí, Caperucita, pero no haces otra cosa que decirme cosas feas.

   -Eso no es cierto, sólo dije que tus ojos son muy grandes.

   Pero no estaban solos, había muchas personas y animales, o cosas que no sabíamos qué eran. Se escuchaban retazos de distintas conversaciones, o mejor dicho, discusiones:

   -Los “Tres chanchitos”, como se apoda a estos cerditos estafadores, deben cumplir la condena por edificar casitas de paja, madera y ladrillo en terrenos privados – decía un lobo con aspecto de abogado.

   -¡Y también los príncipes que no rescaten a las princesas!

   O susurros, chismes para entenderlo mejor, como:

   -Sí, y discriminaron en la mina a los siete enanitos por ser de baja estatura.

   -¡Qué vergüenza! Igual que a los zapatos baratos que compró Cenicienta.

   -También rumorean que el genio de la lámpara renunció y Aladino está en quiebra…

   Con Julieta ya no estábamos asustadas, sino curiosas, pero era demasiado alboroto, de algún lado los conocíamos…

   Entonces, un perro interrumpió:

   -Basta, compañeros, ¿no observan amigos nuevos?

   -¡Sí!, respondieron al unísono.

   -Eh… no somos como ustedes, somos humanos, ¿ven? ¡De carne y hueso!

   -Lo que mi amiga quiere decir es que no fuimos dibujados o escritos, estábamos en la biblioteca, caímos en el armario y ¡estaba el lobo!...

   Todos nos miraban como si nosotras fuéramos los “bichos raros”. Obvio que no entendían ni medio.

   -Nosotros también somos de carne y hueso –reía el perro- me extrañan que no se acuerden de nosotros…

   -¿De ustedes? – preguntamos las dos al mismo tiempo.

   -Sí, de nosotros. Es evidente que crecieron – aclaraba Pinocho.

   ¡Eran los personajes de los clásicos!

   -Son… los personajes de los cuentos que leíamos cuando éramos chicas.

   -¡Por fin se dieron cuenta! Clara, ¡No me conociste hoy en clase!

   -Perdón. Entonces, ¡yo no estaba loca!, vos me guiñaste el ojo.

   -Y ¿para qué estamos acá?

   -Queríamos pedirles un favor.

   -Bueno, si es algo que esté a nuestro alcance…

   -¡Por favor! ¡Sáquennos del baúl! – suplicaba de rodillas Aurora, la Bella Durmiente.

   -¿¿Del baúl??

   -Sí, en ese dónde sus mamás guardan todos los libros de cuentos abandonados porque son “infantiles”. Estamos encerrados aquí, sin que nadie nos lea, ni mire nuestras fotos – lloraba Pulgarcito.

   -Además, todo está patas para arriba en este mundo, las historias se cambian, no hay finales felices. ¡Por favor!

   -Está bien, pero no es cierto que no los…bueno, sí, no los leemos más.

   -Podemos donarlos al jardín de infantes – interrumpió Julieta – les van a dar mucho uso y se van a divertir.

   -¡¡¡¡Sí!!!!, gritaron entusiasmados.

   -Bueno, pero si nos prometen llevarnos ahora mismo a la escuela.

   -Concedido –dijo el Hada Madrina.

   De pronto…

   ¡¡RIIING!!  ¡RIIIIING! , sonó el despertador.

   Todo había sido un sueño. Ese día SÍ era lunes. Cuando llegué al colegio ni siquiera dejé que Julieta me saludara y le conté lo que pasó esa noche. Ella no le dio tanta importancia, porque dice que a veces esas cosas no tienen sentido, y que su mamá le había comentado que: “la adolescencia es una época de desprendimientos, y si se sueña con juguetes o esas cosas significa que hay que dar vuelta la página”.

   Me quedé con esa duda. ¿Dar vuelta la página?

   Pasó ya un tiempo y no encontré respuesta. Puede ser cierto, o no, porque de vez en cuando curioseo en la biblioteca no veo nada. Nada de nada. Le dije a mi hermana mayor que done los cuentos. Ahora mi baúl está vacío, pero no me olvido de ellos (no sea cosa de que me causen pesadillas). 

   
         
 

  Inicio
         

Cursos, Seminarios - Información Gral - Investigación - Libros y Artículos - Doctrina Gral - Bibliografía - Jurisprudencia  - Miscelánea -  Curriculum - Lecciones de Derecho Penal - Buscador

principal