“Cómo aprendí a amar las paredes”

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  “Cómo aprendí a amar las paredes”    
         
   

   Lo peor debe ser la falta de seguridad: un exceso de precaución puede hacer perder hasta la más inspirada decisión. Después de un período de duda que consideré razonable, decidí hacer la propuesta.

 

   Como todos los grandes amores de la historia, comenzó siendo un juego inocente.

   Esas casas que los arquitectos definen con términos muy específicos y que para mí son simplemente lindas, siempre me llamaron la atención. Supongo que tanto ellos como yo nos detenemos con frecuencia a mirarlas un largo momento, estudiándolas, tratando de encontrarles el secreto oculto de su belleza y, por qué no, elogiarlas en voz alta especialmente cuando muestran un trabajo estilístico muy cuidado.

   Las casas tienen personalidad, una fuerza individual que transmiten generosamente desde su estatismo a veces heroico, soportando lluvias, vientos o los inexplicables ataques de humanos armados con aerosol.

   Mi juego inocuo era admirar la belleza de las casas. Hasta que un día reparé en las paredes, verdaderas cenicientas del mundo arquitectónico.

 

   Es cierto que no es un contacto fácil, pero existe el deseo de conocerse mejor. De esa forma se solidifican las relaciones o, en el peor de los casos, se puede recurrir a una dosis sensata de tolerancia.

 

   Valoré el cotidiano esfuerzo de las paredes, nunca reconocido en su total dimensión, de sostener los techos y dar protección a los habitantes de las casas de las inclemencias del tiempo, además de proporcionan el clima de calidez tan necesario para los buenos momentos de intimidad entre humanos. Ellas nunca se quejaron cuando las hicieron demasiado vacías, ni en los casos en que los constructores confundieron originalidad con rebuscamiento.

 

   Sé que les costará entender el motivo, sospecharán quizás alguna oscura intención y eso puede hacer que me rechacen.

 

   Son mucho más que criaturas constantes, silenciosas, sufridas, esforzadas, felices, queridas o abandonadas: descubrí un día casi por casualidad que son discretas. Pero aún me faltaba saber lo esencial, la razón definitiva de sentirme atraído por las paredes .

   Coincidió con el momento en que yo, consejero siempre disponible de amigos y extraños, necesité en apoyarme en alguien: me decidí a contarles que me sentía mal y por qué. La respuesta fue una serie de caras ansiosas de que termine de hablar, unas espaldas que aparecieron demasiado rápidamente o el relato de sus propias penurias tapando, con la complicidad de su mayor potencia vocal, mis pesares.

   Ninguno me escuchó.

 

   Me pregunto por qué ellas y nosotros seremos desconfiados ¿Será por naturaleza o como resultado de la convivencia? Estoy estudiando su actitud ante mi propuesta: un acto imprudente de mi parte puede generar el rechazo definitivo.

 

   Más tarde reparé en la tremenda carga de insulto que tiene la frase común” es como hablarle a una pared”. Me pregunté por qué tanta agresividad ¿Es hacia todos los seres considerados pasivos? ¿No notaban la  tarea callada y necesaria que diariamente concretan, antes de acusarlas con tanta ligereza de insensibles, indiferentes y hasta de despreciativas?

   Si no hablan es por discreción, eso que a muchos humanos les falta, quienes además aceptan como normal la mentira, la burla o e intento de destrucción a los que suponen más débiles. A veces llegan a considerar que esas actitudes son virtudes.

 

   Los grandes cambios se producen de a poco. Este es mi caso.

 

   Descubrí que si las paredes no hablan es porque tienen sus ideales, que ocultan para que nadie se les burle. Y supuse que entre ellas se comunicarían aunque no me imaginaba de qué modo.

   Del respeto a la simpatía hay un paso. De la simpatía al amor hay otro.

   Yo di los dos.

   Me acerqué a ellas, les hablé. Noté su reserva. Posiblemente me estarían probando, como tanta gente desconfiada hace con los demás. Al no querer exponer sus sentimientos a la burla, intentaban saber hasta dónde llegaba mi lealtad.

   Las amé como no había querido a nadie. Y un día les hice la propuesta. Y me aceptaron.

 

   Concreté mi ideal; soy uno de los sostenes de la casa.

   Soy una pared.

   Puedo decir que soy feliz, aunque no entienda por qué, a pesar de haber pasado varios meses desde que ingresé a su mundo, aún no me dirigieron la palabra.

                        


Hugo Borgna

Publicado en revista “Letras” de ERA en junio 2002 – 1º Mención San Justo 2001

Publicado en La Opinión, en setiembre 2004.

   
         
 

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