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Un
tapete multicolor asoma debajo de una gruesa cerámica ornada con pájaros y
venados, sobre la mesilla del balcón, recibiendo desparejamente la luz
tamizada por los vidrios, y edificios vecinos. También están los viejos
bojes sobrevivientes de tantos años, de los que cada hoja recién nacida me
alegra porque la vida sigue en ellos como en mí. Las hojas que alcanzaron su
plenitud dibujan un encaje de sombras sobre las macetas de arcilla.-
Hacia el interior de mi hogar, una repisa de bambú, estoica y somera, casi
invisible para lucir mejor las cosas que soporta: un plato con escenas
galantes, pececillos de piedra imaginados girando, una tetera decorada con
crisantemos incisos, una tacita para beber sake, dos portavelas de biscuit
con velas vainilladas, un racimo de pámpanos desbordando de su base de
piedra dura..
Más al interior, la biblioteca, donde los fantasmas de quijotes, héroes y
víctimas se esconden entre las páginas, algunas lepismas; a veces, desde mi
viejo tocadiscos se eleva mi música favorita vigorosa y patética que me
abraza como una manta etérea; mientras el disco gira, no escribo, porque la
música está sobre todas las sensaciones, jamás la sacrifico como marco o
acompañamiento.-
Más adentro, el cuarto de baño, blanco sobre blanco, y el juego rielante de
sus curvadas instalaciones. Hallarán el dormitorio, donde cuando entro,
sola, me toma la boca blanca de las sábanas, y las almohadas sostendrán mi
cabeza y los cobertores me cobijarán; y están las lámparas coquetas, y el
libro. En las mañanas un ruido de pleitos de gorriones repicará en el vidrio
de la ventana y me despertará.-
Y está la cocina, donde el vapor deja sobre los azulejos un sudor caliginoso.-
Aparto mi manta marrón que me abriga amablemente. Cuando se gaste compraré
la más colorida; ésta fue comprada cuando todos los colores me rodeaban,
pero ellos ya se fueron. Porque la soledad nos llega, cardinal, un día, nos
envuelve con fuerte cordel. Soledad, buena amiga, habita entre mis
cristales, mis cuadros, mis porcelanas tersas, y en los muebles que exhalan
su aroma de madera vieja.-
La soledad funesta no está entre las cosas amadas, permanentes y fieles que
esperan mi mano. Soledad amiga, propicia a las evocaciones y fecunda para
hallar senderos, radical, está en nosotros esperando.-
Se habla de la soledad del Poder, de la soledad de los príncipes, la de los
cóndores: ellos están en las frías cumbres, pero dominan el valle. Nadie
habla de la soledad del topo, de la del pez, de sus vidas temerosas y
desamparadas; solos como la gorda oruga que sin saberlo, tiene en sus
entrañas el huevecillo de la avispa que la devorará sin luz y sin gritos.-
Doblo la manta porque el día me urge. Ayer fui al hospital, por mis ojos.
Día de luz dominguera; en la salita había en un rincón una bella palmera, en
armonía con las sillas; los rayos del sol era tijereteados por las hojas de
la palmera, que también jugaban con los cuadros con capullos, mieses y
florecillas que con modestia alegraban las paredes. Creo que los pacientes
nada veían: temían la falla de su corazón, que sus ojos se apagaran, o su
cerebro. La ropa de esa gente era deslucida, neutra, sus bocas tenían un
rictus trágico ... qué solos estaban! Los corazones desolados, en esos
pechos no podrían latir mucho más. Conocí a un cardíaco, la víscera enferma,
soldado sobreviviente que contaba que, en batalla, perdió la conciencia y al
recuperarla, una camisa rellenaba una ancha herida en su costado., tal vez
de un compañero que momentos después habría muerto ... los médicos decían
que sólo en ese pecho podía latir ese corazón ... Yo me alíneo en las filas
de esos seres, con ansias constantes de vivir, que quieren ver siempre la
alegría de un nuevo día.-
El libro que llevé para acortar la espera es una monografía sobre los
Celtas, esos bárbaros magníficos que se alhajaban con cascos, torques,
cintos, decorados con exquisito gusto; así guerreaban y con sus bellos
atuendos morían. Creadores de la cruz gamada de brazos hacia occidente, la
representación del sol, el que moría en cada ocaso mientras por el oriente
nacía un sol nuevo. Enemigos formidables, raza rural que protegían sus
fértiles llanuras. La lucha era para ellos coraje y fiesta, y sus
sacrificios de toros blancos cubiertos de fresco muérdago, era para Lug, el
dios de la luz. Así nuestra vida no debe ser ofrecida en el altar de las
lágrimas, de la zozobra, de la tristeza, que la vuelven yerma.-
Se está solo. Pero, acaso, no somos solos? como el recién nacido con su
vagido, como el soldado en batalla, como el moribundo aunque sienta el calor
de una mano que aprieta la suya?
Si la soledad es inevitable, sepamos aprovecharla. La soledad es para muchos
un escollo difícil de remover, porque sus ojos no ven más que la vastedad de
su pena, vueltos hacia un territorio donde nada germina, hacia el erial de
su infortunio.-
Antes, las abuelas contaban un delicioso cuento, el de un rey que moría de
ocio; no encontrando solución los médicos, llamaron a los brujos, y uno de
ellos dijo: "El rey se curará si se pone la camisa de un hombre felíz!".
Salió un ejército de mensajeros a buscar a ese salvador, pero nadie era
felíz. Un día, arando la tierra, u hombre fue visto por uno de esos
mensajeros. Hacía calor y aquel hombre tenía el torso desnudo. El mensajero
le preguntó si era felíz y el labriego dijo que sí. Le ordenó fuera a su
modesta casa a buscar una camisa para salvar la vida del rey. Pero el
labriego contestó: "Yo, camisa no tengo". La importante moraleja dice que
ser felíz es una capacidad, no tiene que ver con la riqueza, ni con el
conformismo, ni con la estolidez. En la deliciosa obra "La vieja dama
indigna", el personake goza degustando un bizcocho embebido en su tazón de
chocolate, sola, muy sola. Durante las siestas de mis padres, me deslizaba
en casas de vecinos amigos, y mi predilecto era un viejo jardinero
pensionista de una viuda, que le trajo una vez un plato de espesa sopa,
poniéndolo sobre una mesa de pino sin mantel, bajo una lamparilla sin
pantalla, la puerta sin cortina, junto a una cama sin cobertor. El viejo
comía y le dije: "Cómo puede usted comer así, en esta pieza vacía, sin
adornos, tan fría?". El me contestó: "Es que todo está entre la sopa y yo".-
La soledad no es inerte, se expande y se contrae: se ensancha con la
pretensión de ser siempre amados, que la edad no avance, con las ilusiones
idas, con nuestras acciones infortunadas; se contrae con la dulce luz de las
mañanas, con el agua que nos baña, con las frescas sábanas que recogen
nuestro cansancio, con el sutil remolino de las sombras, con el toque
levísimo y casual de otro cuerpo que nos roza, con la carcajada fresca de
los muchachos con gargantas que maduran; hay tantos diálogos con la soledad
si somos dueños de nosotros mismos y de nuestro momentos. El querer, con
lentos pasos, atrapar a veloz tiempo, mendigar el abrazo que se niega,
aceptar la sonrisa que es una mueca de compromiso, es estar solos.-
Si la vida nos diera una pareja perdurable, hijos siempre niños, no
importarían los placeres de la soledad porque seríamos muy afortunados; si
no lo comprendemos así, nos esperan las borrascas de la incomprensión y el
fantasma hambriento de la tristeza.-
Debo programar cada jornada. Haré algunas compras; al descender hasta la
acera me llegará el olor de ajo frito del restaurante chino, pequeños
desperdicios remolinearán sobre las baldosas. En la verdulería habrá un
caleidoscopio de las frutas, y muy cerca, llegará el perfume del sagrado pan
aun caliente. En la carnicería compraré un buen trozo que me recomendará el
carnicero de sus bandejas lavadas y lavadas. Al regreso repasaré ropa y
puliré pisos y muebles. Otro día será la tintorería y el correo y el puesto
de periódicos.-
Cuando tejo, evoco a mi infancia, como todos. Yo evoco macetones de
begonias, de tallos agrios y velludos, con flores nacaradas, valvas suaves
entre tanta aspereza, el todo jugoso y agresivo. Evoco una tía muy vieja y
su delantarón, que esperaba mis visitas con pan de cebolla y me regalaba
unas naranjas colosales; decía que quienes aman a los viejos no hay oro que
los pague. Evoco un dedo de mi manito hundiéndose en la tierra blanda y la
mano de mi abuela echando en el huequito una semilla; decía que los niños
tienen los dedos santos, y que el árbol que saldría de esa semilla sería
abundante y vigoroso: así fue, el enorme limonero aun da frutos ... Evoco
una ocasión en que mi madre me dió dinero para comprar manteca; yo era muy
pequeña; como el costo fue mayor que el que ella calculara, tomé parte del
dinero que una vecina me dió para que también comprara manteca para ella. Mi
madre me reprendió duramente porque la avergonzaba tener que disculparse
ante aquélla ... qué solita me sentí!. Sola aprendí; la dureza de la
corrección no enseña, es sólo malvada.-
Me gusta tejer, y lo hago bien, arrebujada en mi manta que sube demasiado en
mi cuello. Dicen que tejer es amor, dicen que tejer es vejez, yo sé que
tejer es como el vaivén del agua, silencioso, huyendo los puntos entre los
dedos, como el agua; pero los puntos no son gotas, no se esfuman, responden
a nuestro esfuerzo, la trama que creamos tiene forma y consistencia, y
bordes. Elijo este amigo que surge entre agujas porque tiene y da, calidez a
mis días; el agua es de todos. Esta gastada manta no me abriga como ella
quisiera, y lo percibo más cuando en el invierno las palomas más allá de mi
balcón vuelan un frío azul gris.-
Antes de la soledad cocinaba para mis hijos y para un esposo de fino
paladar; me esmeraba entre escabeches, caxuelas, pasteles. En los días
patrios (cuando se celebraban para honrar la fecha), y en las fiestas
familiares, tendía el precioso mantel y sobre él la cristalería. Ahora, mis
fiestas son diarias: la magdalena mojada en licor, el vino helado, los
pistachos, la fruta. El día de mi cumpleaños, compro un ramo de narcisos, el
más bello de los juncos del que mi padre llevaba el nombre; sus pétalos
azafranados forman trompetas que recuerdan a mi alma el amor que nos
teníamos, sin habérnoslo dicho jamás; trompetas sin sonido, amor callado.-
Veamos a la soledad también como un regalo, busquemos sus beneficios. Ni la
manta marrón, ni la pequeña selva del balcón, pueden reemplazar al esposo
amado, a los hijos niños, pero amémoslas también.-
Despierto en un día más; la manta no armoniza con el color que van tomando
las cosas. Los bojes tienen hojas nuevas sin perder las tan viejas y duras;
el ficus tiene allá arriba unos banderines, los malvones unas incipientes
umbrelas, una suculenta está redondeando sus tallos y helechos tienen unos
rulos a guisa de regatones para apoyar sus nervaduras. Evoco colores más
antiguos, de las tacuaras que golpeaban mi cabellera de niña, cuando entre
ellas era tigre o fugitivo, las magnolias inmaculadas caídas en el fangal
del gallinero ...-
Como el balcón, mi mundillo tiene chispas azules y plata, y en el dorado de
los marcos de los cuadros hay diamantitos donde se queda un rato más el
sol.-
He descubierto increíbles colores durante los viajes. Cuando abrieron la
montaña, en Humahuaca, para echar los rieles, cortaron las capas de rocas, y
entre esas ondas coloridas corre el tren y caminan las pastoras. A una de
esas gredas que asoman entre los pliegues la llaman "el jabón de la montaña"
que el buen Dios les provee. Esas mismas montañas y sus minerales, dan a las
mazorcas granos verdes, rojos, negros ... colores de la hosca tierra en sus
entrañas, colores también de los sombreros, vinchas, ponchos, que la gente
de la Quebrada luce entre el pardo constante de la tierra, de las vicuñas,
de sus vidas. Cuando veo viejas pinturas, pienso en la luz que las abandonó,
que pertenecen a esa luz ida.-
Al bufón y al caballero medieval no les bastaban los colores, los
multiplicaban en sus ropas y en sus lábaros; estamos ahora en una época,
lacia. Mi manta, apoyada en el respaldo del sillón, se ilumina con la
primera luz del día y se agita en la brisa fresca que llega desde el balcón,
como así también intentara volar en el aire irisado.-
En ese sillón, profundo y señorial, me sentaré, perezosamente y seguiré
evocando, que evocar seres queridos es rendirles homenaje.
Evoco a mi padre, figura que surge poderosa; era sano, de buen color moreno,
manos gruesas, era aseado aunque el aroma del sirop no lo abandonaba nunca.
Una modesta biblioteca ornada con listones para ocultar su pobreza,
demostraba su sed de saber. Escribía bellamente, conocía el idioma a pesar
de su breve paso por la escuela. Obrero ferroviario, desde adolescente se
subía a las locomotoras, paleando carbón de Cardiff para transportar
riquezas, a medianoche durante las heladas, a mediodía en el rigor del
verano, viajaba, viajaba ... y luego volvía a casa, con su traje de dril
azul, las antiparras levantadas y un cansancio inmenso.-
Pobre mi padre, al que la vida le dió tan poco. Como su mundo era el
habitáculo de hierro de esos monstruos de hierro y alrededor el verde mundo,
resolvió estudiar ese pequeño, trepidante, oscuro, implacable espacio;
aprendió cuanto pudo, la empresa a la que pertenecía lo advirtió, ascendió
rápidamente, era elegido para las grandes formaciones, y de lo que había
aprendido enseñaba a sus compañeros, que superaban siempre los exámenes que
la empresa exigía.-
Un día le pregunté si le gustaba su trabajo y dijo: "No, pero eso lo que me
tocó y lo hago lo mejor que puedo". Nos amábamos mucho, pero el rigor y el
desamparo de su niñez aherrojaron su alma, perdimos muchos momentos tiernos;
será por éso que busco en todo su perfil, siempre inclinado sobre la negrura
del carbón que no le dejaba ver otro color, y lo mató con las chispas que
quemaron sus pulmones.-
Con sus manos rudas, hojeaba los periódicos y los pocos libros, que me
asombra todavía cómo los había descubierto, recorriendo con un dedo los
caminos, las montañas y los ríos trazados en los mapas; cruel dolor el de la
falta de conocimientos cuando hay una inteligencia que reclama.-
Cuidaba un gran parral de moscatel que cuando los racimos maduraban los
repartía entre los vecinos, y un gran jazminero que cuando florecía llevaba
las flores al cementerio y me hacía depositarlas ante la cruz de las almas
olvidadas. Tenía una gran jaula de tordos y zorzales que con sus picos
apretaban suavemente sus ásperos dedos de uñas poliédricas.-
Evoco a su madre, campesina, en su cocinona humosa y aromada con una crema
quemada deliciosa; cuando paseábamos por su patio, me escogía higos, me
hacía probar el salvaje sabor de los meloncillos del mburú-cuyá que cubría
el cerco. Recordando esos seres, parecidos en sus hoscas maneras, tal vez
ella por otros sufrimientos, que jamás dijeron, juegan todos mis sentidos,
el aire es más liviano, un tiempo que no corre, un mundo muy mío.-
Sin embargo, fui cruel, cuando no sabía que en el mundo había dolor, que era
un escenario de cartón recortado donde jugaban figuras nada más para que yo
las contemplara. Así destruí flores y honguitos, maté renacuajos a los que
buscaba con ahinco en los charcos, y a bestezuelas que atrapaba. No sabía
que había dolor fuera de mí. Nunca, en mi ya larga vida, ví la muerte ni el
sufrimiento, salvo en escenas ya en el pasado y documentadas; jamás, y es un
privilegio que me dió la vida; el dolor que provoqué no sabía que existiera,
será por éso que me fue perdonado...-
Los poetas han cantado al amor, y a su ausencia, al dolor, a la muerte. Yo
no soy poeta, tengo mi prosa. La vida es un caleidoscopio, jamás vuelve a
formar los mismos cuadros con los mismos vidriecillos.
Cuando a la noche apago mi lámpara, recuerdo cartas de amigos constantes,
tantos viajes, tantos seres que me han dado su bondad. Nunca olvidaré a mi
maestra de primaria, menudita, tanto que a mis pocos años no era gigantesca
como la mayoría; su delantal almidonado, sus rulos rígidos domando sus
cabellos oscuros y bastos; enseñaba muy bien y aún perdura en mí la dulce
sensación de que admirara una plantita salvaje escarchada encontrada en el
borde de una vereda, que lucía como una joya de plata de diamantitos, pero
que al dársela era un girón verdinegro.-
Es bello escribir; me acompaña la imagen del a quien escribo, de quien
sospechamos cuándo fruncirá el ceño, o se dilatarán las pupilas, o se
moverán sus labios o su mentón. Escribir cartas es retomar vínculos que la
distancia descuida.-
Yo amo escribir cartas, y recibirlas, cuando el sobre sisea bajo la puerta,
casi un sonido de seda, y allí el blanco mensaje; y esa carta es para mí,
abro los sobres sin leer fecha ni encabezado; hay noticias, confidencias,
paisajes pintados con palabras, anhelos, reproches, promesas, temores, es un
diálogo sin tiempo ... son como una alerta, son letras desprovistas de
color, entonación a las que les damos condición de cosas vivas, aun cuando
luego amarilleen en una gaveta, dispuestas a renacer en cualquier momento.-
Mis primeras cartas fueron escritas con el dictado de mis tíos que me las
exigían, para una madre que jamás las contestó; confesaban un amor profundo,
a quien me alejaba de sí por meses. De aquel inicio penoso nació, como nacen
los senderos, por unos pasos que hieren primero el tapiz de pobres hierbas,
luego se ensanchan, perduran, algunos transitados, otros sólo por nosotros.
Aquél senderito, que estaba cubierto de yuyos ásperos, me llevó a caminos y
desde los caminos llegué a puertos. Aquellas cartas dictadas, dirigidas a
quien no las esperaba, hechas de frases convencionales, eran sólo letras sin
alma, y ni siquiera amarillaron en un cajón.-
Por éso digo que la soledad mala no se ahuyenta con los diálogos frívolos
frente al "cafecito" con una amiga complaciente, esa soledad que se ahueca y
se llena de nada si no la jaqueamos con este privilegio de nuestras vidas
solas que nos deja decidir qué hacemos con nuestros días. Veamos a la
soledad como un advenimiento no deseado, busquemos su beneficio. Ni la manta
marrón, ni la pequeña selva del balcón ni los adornos bellos pueden
reemplazar al esposo amado, a los hijos niños, pero amémosla también; ella
nos servirá y algo sabroso nos ofrecerá. No estamos jamás solos, aunque
seamos nosotros y nuestra soledad; además tenemos la luz de los días.-. |
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