“Soledad, ese universo”

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  “Soledad, ese universo” - Dra. Grizel Lelia Chiozzi - Noviembre de 2009.-    
         
   

Un tapete multicolor asoma debajo de una gruesa cerámica ornada con pájaros y venados, sobre la mesilla del balcón, recibiendo desparejamente la luz tamizada por los vidrios, y edificios vecinos. También están los viejos bojes sobrevivientes de tantos años, de los que cada hoja recién nacida me alegra porque la vida sigue en ellos como en mí. Las hojas que alcanzaron su plenitud dibujan un encaje de sombras sobre las macetas de arcilla.-
Hacia el interior de mi hogar, una repisa de bambú, estoica y somera, casi invisible para lucir mejor las cosas que soporta: un plato con escenas galantes, pececillos de piedra imaginados girando, una tetera decorada con crisantemos incisos, una tacita para beber sake, dos portavelas de biscuit con velas vainilladas, un racimo de pámpanos desbordando de su base de piedra dura..
Más al interior, la biblioteca, donde los fantasmas de quijotes, héroes y víctimas se esconden entre las páginas, algunas lepismas; a veces, desde mi viejo tocadiscos se eleva mi música favorita vigorosa y patética que me abraza como una manta etérea; mientras el disco gira, no escribo, porque la música está sobre todas las sensaciones, jamás la sacrifico como marco o acompañamiento.-
Más adentro, el cuarto de baño, blanco sobre blanco, y el juego rielante de sus curvadas instalaciones. Hallarán el dormitorio, donde cuando entro, sola, me toma la boca blanca de las sábanas, y las almohadas sostendrán mi cabeza y los cobertores me cobijarán; y están las lámparas coquetas, y el libro. En las mañanas un ruido de pleitos de gorriones repicará en el vidrio de la ventana y me despertará.-
Y está la cocina, donde el vapor deja sobre los azulejos un sudor caliginoso.-
Aparto mi manta marrón que me abriga amablemente. Cuando se gaste compraré la más colorida; ésta fue comprada cuando todos los colores me rodeaban, pero ellos ya se fueron. Porque la soledad nos llega, cardinal, un día, nos envuelve con fuerte cordel. Soledad, buena amiga, habita entre mis cristales, mis cuadros, mis porcelanas tersas, y en los muebles que exhalan su aroma de madera vieja.-
La soledad funesta no está entre las cosas amadas, permanentes y fieles que esperan mi mano. Soledad amiga, propicia a las evocaciones y fecunda para hallar senderos, radical, está en nosotros esperando.-
Se habla de la soledad del Poder, de la soledad de los príncipes, la de los cóndores: ellos están en las frías cumbres, pero dominan el valle. Nadie habla de la soledad del topo, de la del pez, de sus vidas temerosas y desamparadas; solos como la gorda oruga que sin saberlo, tiene en sus entrañas el huevecillo de la avispa que la devorará sin luz y sin gritos.-
Doblo la manta porque el día me urge. Ayer fui al hospital, por mis ojos. Día de luz dominguera; en la salita había en un rincón una bella palmera, en armonía con las sillas; los rayos del sol era tijereteados por las hojas de la palmera, que también jugaban con los cuadros con capullos, mieses y florecillas que con modestia alegraban las paredes. Creo que los pacientes nada veían: temían la falla de su corazón, que sus ojos se apagaran, o su cerebro. La ropa de esa gente era deslucida, neutra, sus bocas tenían un rictus trágico ... qué solos estaban! Los corazones desolados, en esos pechos no podrían latir mucho más. Conocí a un cardíaco, la víscera enferma, soldado sobreviviente que contaba que, en batalla, perdió la conciencia y al recuperarla, una camisa rellenaba una ancha herida en su costado., tal vez de un compañero que momentos después habría muerto ... los médicos decían que sólo en ese pecho podía latir ese corazón ... Yo me alíneo en las filas de esos seres, con ansias constantes de vivir, que quieren ver siempre la alegría de un nuevo día.-
El libro que llevé para acortar la espera es una monografía sobre los Celtas, esos bárbaros magníficos que se alhajaban con cascos, torques, cintos, decorados con exquisito gusto; así guerreaban y con sus bellos atuendos morían. Creadores de la cruz gamada de brazos hacia occidente, la representación del sol, el que moría en cada ocaso mientras por el oriente nacía un sol nuevo. Enemigos formidables, raza rural que protegían sus fértiles llanuras. La lucha era para ellos coraje y fiesta, y sus sacrificios de toros blancos cubiertos de fresco muérdago, era para Lug, el dios de la luz. Así nuestra vida no debe ser ofrecida en el altar de las lágrimas, de la zozobra, de la tristeza, que la vuelven yerma.-
Se está solo. Pero, acaso, no somos solos? como el recién nacido con su vagido, como el soldado en batalla, como el moribundo aunque sienta el calor de una mano que aprieta la suya?
Si la soledad es inevitable, sepamos aprovecharla. La soledad es para muchos un escollo difícil de remover, porque sus ojos no ven más que la vastedad de su pena, vueltos hacia un territorio donde nada germina, hacia el erial de su infortunio.-
Antes, las abuelas contaban un delicioso cuento, el de un rey que moría de ocio; no encontrando solución los médicos, llamaron a los brujos, y uno de ellos dijo: "El rey se curará si se pone la camisa de un hombre felíz!". Salió un ejército de mensajeros a buscar a ese salvador, pero nadie era felíz. Un día, arando la tierra, u hombre fue visto por uno de esos mensajeros. Hacía calor y aquel hombre tenía el torso desnudo. El mensajero le preguntó si era felíz y el labriego dijo que sí. Le ordenó fuera a su modesta casa a buscar una camisa para salvar la vida del rey. Pero el labriego contestó: "Yo, camisa no tengo". La importante moraleja dice que ser felíz es una capacidad, no tiene que ver con la riqueza, ni con el conformismo, ni con la estolidez. En la deliciosa obra "La vieja dama indigna", el personake goza degustando un bizcocho embebido en su tazón de chocolate, sola, muy sola. Durante las siestas de mis padres, me deslizaba en casas de vecinos amigos, y mi predilecto era un viejo jardinero pensionista de una viuda, que le trajo una vez un plato de espesa sopa, poniéndolo sobre una mesa de pino sin mantel, bajo una lamparilla sin pantalla, la puerta sin cortina, junto a una cama sin cobertor. El viejo comía y le dije: "Cómo puede usted comer así, en esta pieza vacía, sin adornos, tan fría?". El me contestó: "Es que todo está entre la sopa y yo".-
La soledad no es inerte, se expande y se contrae: se ensancha con la pretensión de ser siempre amados, que la edad no avance, con las ilusiones idas, con nuestras acciones infortunadas; se contrae con la dulce luz de las mañanas, con el agua que nos baña, con las frescas sábanas que recogen nuestro cansancio, con el sutil remolino de las sombras, con el toque levísimo y casual de otro cuerpo que nos roza, con la carcajada fresca de los muchachos con gargantas que maduran; hay tantos diálogos con la soledad si somos dueños de nosotros mismos y de nuestro momentos. El querer, con lentos pasos, atrapar a veloz tiempo, mendigar el abrazo que se niega, aceptar la sonrisa que es una mueca de compromiso, es estar solos.-
Si la vida nos diera una pareja perdurable, hijos siempre niños, no importarían los placeres de la soledad porque seríamos muy afortunados; si no lo comprendemos así, nos esperan las borrascas de la incomprensión y el fantasma hambriento de la tristeza.-

Debo programar cada jornada. Haré algunas compras; al descender hasta la acera me llegará el olor de ajo frito del restaurante chino, pequeños desperdicios remolinearán sobre las baldosas. En la verdulería habrá un caleidoscopio de las frutas, y muy cerca, llegará el perfume del sagrado pan aun caliente. En la carnicería compraré un buen trozo que me recomendará el carnicero de sus bandejas lavadas y lavadas. Al regreso repasaré ropa y puliré pisos y muebles. Otro día será la tintorería y el correo y el puesto de periódicos.-
Cuando tejo, evoco a mi infancia, como todos. Yo evoco macetones de begonias, de tallos agrios y velludos, con flores nacaradas, valvas suaves entre tanta aspereza, el todo jugoso y agresivo. Evoco una tía muy vieja y su delantarón, que esperaba mis visitas con pan de cebolla y me regalaba unas naranjas colosales; decía que quienes aman a los viejos no hay oro que los pague. Evoco un dedo de mi manito hundiéndose en la tierra blanda y la mano de mi abuela echando en el huequito una semilla; decía que los niños tienen los dedos santos, y que el árbol que saldría de esa semilla sería abundante y vigoroso: así fue, el enorme limonero aun da frutos ... Evoco una ocasión en que mi madre me dió dinero para comprar manteca; yo era muy pequeña; como el costo fue mayor que el que ella calculara, tomé parte del dinero que una vecina me dió para que también comprara manteca para ella. Mi madre me reprendió duramente porque la avergonzaba tener que disculparse ante aquélla ... qué solita me sentí!. Sola aprendí; la dureza de la corrección no enseña, es sólo malvada.-
Me gusta tejer, y lo hago bien, arrebujada en mi manta que sube demasiado en mi cuello. Dicen que tejer es amor, dicen que tejer es vejez, yo sé que tejer es como el vaivén del agua, silencioso, huyendo los puntos entre los dedos, como el agua; pero los puntos no son gotas, no se esfuman, responden a nuestro esfuerzo, la trama que creamos tiene forma y consistencia, y bordes. Elijo este amigo que surge entre agujas porque tiene y da, calidez a mis días; el agua es de todos. Esta gastada manta no me abriga como ella quisiera, y lo percibo más cuando en el invierno las palomas más allá de mi balcón vuelan un frío azul gris.-
Antes de la soledad cocinaba para mis hijos y para un esposo de fino paladar; me esmeraba entre escabeches, caxuelas, pasteles. En los días patrios (cuando se celebraban para honrar la fecha), y en las fiestas familiares, tendía el precioso mantel y sobre él la cristalería. Ahora, mis fiestas son diarias: la magdalena mojada en licor, el vino helado, los pistachos, la fruta. El día de mi cumpleaños, compro un ramo de narcisos, el más bello de los juncos del que mi padre llevaba el nombre; sus pétalos azafranados forman trompetas que recuerdan a mi alma el amor que nos teníamos, sin habérnoslo dicho jamás; trompetas sin sonido, amor callado.-
Veamos a la soledad también como un regalo, busquemos sus beneficios. Ni la manta marrón, ni la pequeña selva del balcón, pueden reemplazar al esposo amado, a los hijos niños, pero amémoslas también.-

Despierto en un día más; la manta no armoniza con el color que van tomando las cosas. Los bojes tienen hojas nuevas sin perder las tan viejas y duras; el ficus tiene allá arriba unos banderines, los malvones unas incipientes umbrelas, una suculenta está redondeando sus tallos y helechos tienen unos rulos a guisa de regatones para apoyar sus nervaduras. Evoco colores más antiguos, de las tacuaras que golpeaban mi cabellera de niña, cuando entre ellas era tigre o fugitivo, las magnolias inmaculadas caídas en el fangal del gallinero ...-
Como el balcón, mi mundillo tiene chispas azules y plata, y en el dorado de los marcos de los cuadros hay diamantitos donde se queda un rato más el sol.-
He descubierto increíbles colores durante los viajes. Cuando abrieron la montaña, en Humahuaca, para echar los rieles, cortaron las capas de rocas, y entre esas ondas coloridas corre el tren y caminan las pastoras. A una de esas gredas que asoman entre los pliegues la llaman "el jabón de la montaña" que el buen Dios les provee. Esas mismas montañas y sus minerales, dan a las mazorcas granos verdes, rojos, negros ... colores de la hosca tierra en sus entrañas, colores también de los sombreros, vinchas, ponchos, que la gente de la Quebrada luce entre el pardo constante de la tierra, de las vicuñas, de sus vidas. Cuando veo viejas pinturas, pienso en la luz que las abandonó, que pertenecen a esa luz ida.-
Al bufón y al caballero medieval no les bastaban los colores, los multiplicaban en sus ropas y en sus lábaros; estamos ahora en una época, lacia. Mi manta, apoyada en el respaldo del sillón, se ilumina con la primera luz del día y se agita en la brisa fresca que llega desde el balcón, como así también intentara volar en el aire irisado.-
En ese sillón, profundo y señorial, me sentaré, perezosamente y seguiré evocando, que evocar seres queridos es rendirles homenaje.
Evoco a mi padre, figura que surge poderosa; era sano, de buen color moreno, manos gruesas, era aseado aunque el aroma del sirop no lo abandonaba nunca. Una modesta biblioteca ornada con listones para ocultar su pobreza, demostraba su sed de saber. Escribía bellamente, conocía el idioma a pesar de su breve paso por la escuela. Obrero ferroviario, desde adolescente se subía a las locomotoras, paleando carbón de Cardiff para transportar riquezas, a medianoche durante las heladas, a mediodía en el rigor del verano, viajaba, viajaba ... y luego volvía a casa, con su traje de dril azul, las antiparras levantadas y un cansancio inmenso.-
Pobre mi padre, al que la vida le dió tan poco. Como su mundo era el habitáculo de hierro de esos monstruos de hierro y alrededor el verde mundo, resolvió estudiar ese pequeño, trepidante, oscuro, implacable espacio; aprendió cuanto pudo, la empresa a la que pertenecía lo advirtió, ascendió rápidamente, era elegido para las grandes formaciones, y de lo que había aprendido enseñaba a sus compañeros, que superaban siempre los exámenes que la empresa exigía.-
Un día le pregunté si le gustaba su trabajo y dijo: "No, pero eso lo que me tocó y lo hago lo mejor que puedo". Nos amábamos mucho, pero el rigor y el desamparo de su niñez aherrojaron su alma, perdimos muchos momentos tiernos; será por éso que busco en todo su perfil, siempre inclinado sobre la negrura del carbón que no le dejaba ver otro color, y lo mató con las chispas que quemaron sus pulmones.-
Con sus manos rudas, hojeaba los periódicos y los pocos libros, que me asombra todavía cómo los había descubierto, recorriendo con un dedo los caminos, las montañas y los ríos trazados en los mapas; cruel dolor el de la falta de conocimientos cuando hay una inteligencia que reclama.-
Cuidaba un gran parral de moscatel que cuando los racimos maduraban los repartía entre los vecinos, y un gran jazminero que cuando florecía llevaba las flores al cementerio y me hacía depositarlas ante la cruz de las almas olvidadas. Tenía una gran jaula de tordos y zorzales que con sus picos apretaban suavemente sus ásperos dedos de uñas poliédricas.-
Evoco a su madre, campesina, en su cocinona humosa y aromada con una crema quemada deliciosa; cuando paseábamos por su patio, me escogía higos, me hacía probar el salvaje sabor de los meloncillos del mburú-cuyá que cubría el cerco. Recordando esos seres, parecidos en sus hoscas maneras, tal vez ella por otros sufrimientos, que jamás dijeron, juegan todos mis sentidos, el aire es más liviano, un tiempo que no corre, un mundo muy mío.-

Sin embargo, fui cruel, cuando no sabía que en el mundo había dolor, que era un escenario de cartón recortado donde jugaban figuras nada más para que yo las contemplara. Así destruí flores y honguitos, maté renacuajos a los que buscaba con ahinco en los charcos, y a bestezuelas que atrapaba. No sabía que había dolor fuera de mí. Nunca, en mi ya larga vida, ví la muerte ni el sufrimiento, salvo en escenas ya en el pasado y documentadas; jamás, y es un privilegio que me dió la vida; el dolor que provoqué no sabía que existiera, será por éso que me fue perdonado...-
Los poetas han cantado al amor, y a su ausencia, al dolor, a la muerte. Yo no soy poeta, tengo mi prosa. La vida es un caleidoscopio, jamás vuelve a formar los mismos cuadros con los mismos vidriecillos.
Cuando a la noche apago mi lámpara, recuerdo cartas de amigos constantes, tantos viajes, tantos seres que me han dado su bondad. Nunca olvidaré a mi maestra de primaria, menudita, tanto que a mis pocos años no era gigantesca como la mayoría; su delantal almidonado, sus rulos rígidos domando sus cabellos oscuros y bastos; enseñaba muy bien y aún perdura en mí la dulce sensación de que admirara una plantita salvaje escarchada encontrada en el borde de una vereda, que lucía como una joya de plata de diamantitos, pero que al dársela era un girón verdinegro.-
Es bello escribir; me acompaña la imagen del a quien escribo, de quien sospechamos cuándo fruncirá el ceño, o se dilatarán las pupilas, o se moverán sus labios o su mentón. Escribir cartas es retomar vínculos que la distancia descuida.-
Yo amo escribir cartas, y recibirlas, cuando el sobre sisea bajo la puerta, casi un sonido de seda, y allí el blanco mensaje; y esa carta es para mí, abro los sobres sin leer fecha ni encabezado; hay noticias, confidencias, paisajes pintados con palabras, anhelos, reproches, promesas, temores, es un diálogo sin tiempo ... son como una alerta, son letras desprovistas de color, entonación a las que les damos condición de cosas vivas, aun cuando luego amarilleen en una gaveta, dispuestas a renacer en cualquier momento.-
Mis primeras cartas fueron escritas con el dictado de mis tíos que me las exigían, para una madre que jamás las contestó; confesaban un amor profundo, a quien me alejaba de sí por meses. De aquel inicio penoso nació, como nacen los senderos, por unos pasos que hieren primero el tapiz de pobres hierbas, luego se ensanchan, perduran, algunos transitados, otros sólo por nosotros. Aquél senderito, que estaba cubierto de yuyos ásperos, me llevó a caminos y desde los caminos llegué a puertos. Aquellas cartas dictadas, dirigidas a quien no las esperaba, hechas de frases convencionales, eran sólo letras sin alma, y ni siquiera amarillaron en un cajón.-
Por éso digo que la soledad mala no se ahuyenta con los diálogos frívolos frente al "cafecito" con una amiga complaciente, esa soledad que se ahueca y se llena de nada si no la jaqueamos con este privilegio de nuestras vidas solas que nos deja decidir qué hacemos con nuestros días. Veamos a la soledad como un advenimiento no deseado, busquemos su beneficio. Ni la manta marrón, ni la pequeña selva del balcón ni los adornos bellos pueden reemplazar al esposo amado, a los hijos niños, pero amémosla también; ella nos servirá y algo sabroso nos ofrecerá. No estamos jamás solos, aunque seamos nosotros y nuestra soledad; además tenemos la luz de los días.-.

   
         
 

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