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  Los premios de los concursos de poesía    
   

Palabras o Silencios

Si busco un lenguaje,
¿podré encontrarlo en los silencios?
Ya ha llegado el invierno y es marzo.
Mi naturaleza ansiosa busca,
debajo de las ropas, máscaras y cristales rotos.

Miro el mundo sin verlo demasiado
por temor a las palabras;
las que surgen de mi voz
y se escarchan en un papel.

Los papeles cortan, las heridas sangran,
¿Es por eso que duelen tanto las palabras?
Escritas, ignoradas,
leídas en una historia que permanecerá mañana.

Habladas, olvidadas,
recolectadas en el sol del atardecer.
Amantes de las almas inquietas;
de los rostros y las manos de nieve
amantes son las palabras.

Poco puede pronunciar un alma inquieta.
Calla y contempla
como danzan las palabras,
míralas correr hacia el horizonte.

Tal vez encuentren el lugar
donde cielo y tierra se unen
y allí descansen por siempre
hasta que ya no sean dichas.

Hablo lo necesario,
para no herir a las palabras.

AYELEN PAIROLA - Rafaela

SEGUNDO PREMIO de poesía concurso “Elda Massoni” 2010, organizado por E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados)
 

   
        inicio
    Abrazando el aire
Saltar de una sola vez los tres escalones para llegar a la entrada de la escuela era lo que su madre le había pedido ese día.
Siempre lo daba pequeños encargos antes de salir hacia el trabajo, como lavarse las orejas o cepillarse las uñas, pero ni siquiera ella se había cepillado el cabello esa mañana. Lo había recogido por detrás, sobre la nuca, en un montículo desparejo y apurado.
Para llevarlo en coche a la escuela nueva no fue a trabajar. Le gustaba ver a su madre conducir, con la ventanilla baja, el rodete rojizo desgajándose con el viento. Pensaba que si su padre la viera así, volvería a enamorarse.
El camino le resultaba agradable, a pesar de la ansiedad. La carretera era ancha y sinuosa, bien señalizada, el aire fresco con eucaliptos perfumantes a ambos lados. Al cruzar el puente notaron que el guarda-rail de la derecha estaba torcido. Sintiéndose mayor, le contó a su madre lo que allí ocurriera la semana anterior. Lo había escuchado por casualidad en la despensa . Un Ford Fiesta se desbarrancó y el conductor desapareció en la oscuridad de las aguas altas. La dependiente parecía complacerse en relatar a los clientes que era el lugar elegido por suicidas –románticos o lunáticos-. Era una mujer vieja y parecía conocer bien las historias del lugar. A Pablo el relato le sonó espeluznante, pero ahora, al evocarlo y compartirlo se sentía importante, maduro.
La madre sonrió; apenas parecía escuchar. Extendió la mano hacia la radio para subir el volumen. Estaban pasando una melodía en inglés, una de sus favoritas. Lo invitó a seguirla con un movimiento de cabeza, a cantarla con ella y al ver que no lo hacía lo reprendió por no haber comenzado a estudiar el idioma. Pablo reflexionó que con tanta mudanza era ya un milagro que continuase con la escuela.
Siempre se preguntaba si su madre le enviaría las nuevas señas a su padre. Era todo tan vertiginoso: llegar a su casa desde el colegio y encontrarla exultante, en ese estado que duraría algunas semanas, o tan sólo días. Todo empacado, ropa y papeles que no servirían más tirados por el suelo, las camas desnudas, los cuadros colgados, despidiéndose. Como alquilaban casas amobladas los cuadros quedaban, pero Pablo a veces se encariñaba con uno y lo escondía entre sus cosas. Había una pintura muy azul de un pájaro solitario posado en un risco que ya había sobrevivido tres mudanzas. Pablo pensó que si en la escuela le pedían que dibujase algo intentaría hacer ese pájaro.
Cuando estaban tomando el desayuno la madre le contó que la entrada de la nueva escuela tenía tres escalones altos, Lo retó a que los saltase de una vez, a ver si se animaba a abrazar el aire, le dijo. Le causaba gracia cuando ella descendía hasta su edad y le proponía esos juegos, cuando olvidaba el aseo y la prolijidad y rompían en una guerra de almohadones. Los dos eran de risa fácil y se tentaban hasta llorar.
Qué distinto a cuando su madre lloraba en serio, enroscándose en la cama como un cachorro e intentando cubrir el rostro húmedo con la almohada para disimular. Lo hacía bastante bien. Parecía dormir. Pero no podía evitar el hipo del llanto que convulsionaba su cuerpo, delatándola. Entonces, al principio, la acariciaba con suavidad: un brazo, el cabello, un pedazo de pierna, cualquier parte del cuerpo que hubiera quedado fuera de la cobija. Pero luego había optado por dejar de hacerlo porque en lugar de apaciguar, eso parecía reavivar el fuego y los sollozos se volvían más y más sonoros, hasta casi asustarlo.
Cuando por fin llegaron a la escuela la madre le dio un beso rápido, apretándolo contra su pecho. Parecía más pequeño con el nuevo uniforme. El blazer le quedaba holgado y el azul profundo empalidecía su semblante. Parecía un pequeño hombre, tan serio y vestido de ese modo. Caminaba con pasos cortos por el sendero de lajas irregulares. No correteaba, como los otros niños, sino que seguía una línea recta, su cabeza gacha, los ojos fijos en el suelo.
Desde la distancia los escalones se veían exageradamente altos. Eran peldaños enormes, grises y amenazantes, con un borde filoso. De trastabillarse, podría caer para atrás y lastimarse y una caída despertaría la risa de los demás, de esos futuros compañeros que lo recibirían con burlas. Ciertamente, el juego había sido una tontera, como haberle mandado el e-mail a Sergio, pidiéndole que lo recogiera a la salida del colegio. Aún sin el e-mail apenas supiera la noticia vendría a buscarlo. Ahora se habían mudado tan cerca que les sería sencillo a los dos restablecer el contacto.
Vio que Pablo ya estaba a unos pasos de la escalera. ¡Dios!, pensó, ¡cuánto pesa la mochila! Jamás lo logrará y sentirá vergüenza. Ella ya se hubiese vuelto corriendo hacia la vieja camioneta donde su padre la estaría esperando, sus ojos saltones burlándose, sugerentes, prediciendo su vida. Podría bajarse del coche y llamarlo, gritarle que había olvidado cualquier cosa, el dinero para el almuerzo. Pero ya era tarde.
Pablo estaba junto a la escalera y sin titubear o mirar atrás subía los peldaños uno en uno. Cuando llegó a la explanada se acercó a un grupo de estudiantes y les tendió la mano. Podía adivinar en su cara la sonrisa abierta de Sergio.
Consultó su reloj y vio que era temprano. La hora pico recién comenzaría dentro de dos horas o dos horas y media. Era el momento adecuado para retomar el camino hacia el puente. Con el escaso tránsito sería sencillo controlar movimientos y aceleraciones. Cuestión de segundos: una melodía en inglés, el perfume de los eucaliptos y el aire, dejándose saltar. Ni siquiera sentiría culpa por causar molestias. Nadie se había tomado el trabajo de reparar el guarda-rail.
   
        inicio
    De por qué no lavo los platos a diario
Soy estudiante universitario, tengo 21 años y vivo solo en un departamento. Hago la limpieza de cuando en cuando, me cocino y todo lo demás. Pero hoy decidí que voy a lavar los platos una vez por semana. O una vez por mes, para reducir el riesgo. ¿Riesgo de qué?, se preguntarán ustedes. Pues de desencadenar una verdadera catástrofe a escala planetaria. No me juzguen mal: mi decisión no refleja vagancia, pereza o poco afecto a la higiene. Aunque a simple vista no lo parezca, es un verdadero acto de cautelosa madurez que entraña conciencia ciudadana y grandes dosis de sentido común. Paso a explicar…
Si yo lavara todos los días mi vajilla (tengan en cuenta que a pesar de vivir solo ensucio mucho, entre desayuno, almuerzo, merienda y cena), el consumo de agua se elevaría de forma desproporcionada. En consecuencia, la cuenta de Aguas Provinciales sería mayor, obligando a mi padre a pasarme más dinero por mes (porque yo soy demasiado joven para trabajar). Para conseguir tal cosa, mi viejo tendría que hacer horas extra, y llegaría a casa totalmente agotado, de mal humor y sin ganas siquiera de hablar con mi mamá. Con el tiempo, la situación en el hogar se volvería cada vez más tensa: mi madre le reprocharía a mi papá que se la pasa trabajando, que nunca está en casa, que no cumple con su rol de esposo. Y mi viejo, para evitar el derrumbe de su matrimonio y un posible divorcio (y sabiendo que no va a bancarse estar solo a su edad), decidirá dejar de hacer horas extra y pasar más tiempo con su mujer. Así las cosas, dejaría de darme el dinero para que yo pueda abonar la cuenta del agua. Y como (lo repito) soy demasiado joven para morir… digo, para trabajar, mi viejo (como titular del recibo de agua) se convertiría en moroso. La compañía de agua le iniciaría sin demora una acción judicial por deudas. Mi papá se enfadaría muchísimo, y a modo de venganza (y para poder saldar la deuda) dejaría de pagar la cuota de mi universidad.
Consecuentemente, yo no podría seguir estudiando, me frustraría y caería en un pozo depresivo sin fondo que finalmente derivaría en un brote psicótico extremadamente violento. Pasaría noches enteras en vela planeando un atentado contra Aguas Provinciales, responsables absolutos de mi desgracia. Comenzaría a hablar en sueños, y el chusma de mi vecino, que siempre tiene la oreja pegada en la pared, descubriría así mi malévolo plan. Como me tiene bronca porque pongo la música fuerte a la siesta, me denunciaría con la policía, que allanaría mi departamento y al encontrar una bomba casera a medio terminar, me llevaría directo a prisión. Allí sufriría los abusos de todo el penal, y mi caso llegaría pronto a la televisión nacional. Esto desataría la furia de toda una serie de grupos de activistas que, como ya no saben contra qué protestar, saldrían a defenderme, por considerar que soy una víctima del corrupto sistema judicial argentino, que me ha encarcelado cuando el supuesto crimen todavía no había sido cometido. Los manifestantes, que pronto exhibirían pancartas con insultos contra las autoridades policiales y judiciales, serían reprimidos ferozmente. Se armaría una verdadera batalla campal, pues siempre se suman los que se matan a palos como pasatiempo, y algún curioso turista yanqui que pasaba por allí también recibiría las patadas, escupitajos, culatazos, trompadas, codazos, mordidas, puñaladas y martillazos de las fuerzas de seguridad, lo cual con toda seguridad le provocaría la muerte.
Al ver que uno de los suyos fue brutalmente asesinado por una horda enfurecida de sudacas inadaptados, el gobierno de los Estados Unidos de América le declararía la guerra a nuestro país, que sin demora prepararía a su salvaje ejército de Profesionales de la Gomera. Los yanquis, asustados ante tremenda demostración de poderío bélico, decidirían no arriesgarse a tener otro Vietnam y borrarnos del mapa de un saque. Para ello, nos lanzarían la bomba recontra atómica (madre de todas las bombas que jamás haya tirado el hombre), y nuestro pobre país volaría por los aires, dejando restos de políticos muertos por todo el mundo. Y claro, su carne infectaría los suelos, destruyendo los cultivos y matando así de hambre a los animales primero y a la población humana después.
Por eso, a cada persona que viene a mi departamento y al ver la montaña de platos sucios me dice: “¡Sos un vago y un mugriento!”, yo le respondo solemnemente: “gracias a que yo no lavo los platos, el mundo está a salvo”.
MAXIMILIANO VOLPATO - Sunchales
SEGUNDO PREMIO narrativa concurso “Elda Massoni” 2010 organizado por E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados)
   
        inicio
    La trama
Enhebro las palabras una por una,
Con devoción de artesana.
Atrapo sonidos engarzando las perlas que me trae el viento.

En la fragilidad de mi envoltura me vuelvo tiempo.
Es nada que, vulnerable, en el centro de mi esencia
asomen soles vírgenes.

¿Es nada?
Nadie lo sabe.
Me pregunto si la luz
diáfana, amada y renaciente
no es tal vez la salvación de mi mundo incierto.

Esclava sin tiempo, tejo y destejo
Mi humilde trama hacia el infinito.

ELSA POMI – Santa Fe
PRIMER PREMIO poesía concurso “Elda Massoni” 2010 organizado por E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados)
 
   
        inicio
    ABRAZANDO EL AIRE
Saltar de una sola vez los tres escalones para llegar a la entrada de la escuela era lo que su madre le había pedido ese día.
Siempre lo daba pequeños encargos antes de salir hacia el trabajo, como lavarse las orejas o cepillarse las uñas, pero ni siquiera ella se había cepillado el cabello esa mañana. Lo había recogido por detrás, sobre la nuca, en un montículo desparejo y apurado.
Para llevarlo en coche a la escuela nueva no fue a trabajar. Le gustaba ver a su madre conducir, con la ventanilla baja, el rodete rojizo desgajándose con el viento. Pensaba que si su padre la viera así, volvería a enamorarse.
El camino le resultaba agradable, a pesar de la ansiedad. La carretera era ancha y sinuosa, bien señalizada, el aire fresco con eucaliptos perfumantes a ambos lados. Al cruzar el puente notaron que el guarda-rail de la derecha estaba torcido. Sintiéndose mayor, le contó a su madre lo que allí ocurriera la semana anterior. Lo había escuchado por casualidad en la despensa . Un Ford Fiesta se desbarrancó y el conductor desapareció en la oscuridad de las aguas altas. La dependiente parecía complacerse en relatar a los clientes que era el lugar elegido por suicidas –románticos o lunáticos-. Era una mujer vieja y parecía conocer bien las historias del lugar. A Pablo el relato le sonó espeluznante, pero ahora, al evocarlo y compartirlo se sentía importante, maduro.
La madre sonrió; apenas parecía escuchar. Extendió la mano hacia la radio para subir el volumen. Estaban pasando una melodía en inglés, una de sus favoritas. Lo invitó a seguirla con un movimiento de cabeza, a cantarla con ella y al ver que no lo hacía lo reprendió por no haber comenzado a estudiar el idioma. Pablo reflexionó que con tanta mudanza era ya un milagro que continuase con la escuela.
Siempre se preguntaba si su madre le enviaría las nuevas señas a su padre. Era todo tan vertiginoso: llegar a su casa desde el colegio y encontrarla exultante, en ese estado que duraría algunas semanas, o tan sólo días. Todo empacado, ropa y papeles que no servirían más tirados por el suelo, las camas desnudas, los cuadros colgados, despidiéndose. Como alquilaban casas amobladas los cuadros quedaban, pero Pablo a veces se encariñaba con uno y lo escondía entre sus cosas. Había una pintura muy azul de un pájaro solitario posado en un risco que ya había sobrevivido tres mudanzas. Pablo pensó que si en la escuela le pedían que dibujase algo intentaría hacer ese pájaro.
Cuando estaban tomando el desayuno la madre le contó que la entrada de la nueva escuela tenía tres escalones altos, Lo retó a que los saltase de una vez, a ver si se animaba a abrazar el aire, le dijo. Le causaba gracia cuando ella descendía hasta su edad y le proponía esos juegos, cuando olvidaba el aseo y la prolijidad y rompían en una guerra de almohadones. Los dos eran de risa fácil y se tentaban hasta llorar.
Qué distinto a cuando su madre lloraba en serio, enroscándose en la cama como un cachorro e intentando cubrir el rostro húmedo con la almohada para disimular. Lo hacía bastante bien. Parecía dormir. Pero no podía evitar el hipo del llanto que convulsionaba su cuerpo, delatándola. Entonces, al principio, la acariciaba con suavidad: un brazo, el cabello, un pedazo de pierna, cualquier parte del cuerpo que hubiera quedado fuera de la cobija. Pero luego había optado por dejar de hacerlo porque en lugar de apaciguar, eso parecía reavivar el fuego y los sollozos se volvían más y más sonoros, hasta casi asustarlo.
Cuando por fin llegaron a la escuela la madre le dio un beso rápido, apretándolo contra su pecho. Parecía más pequeño con el nuevo uniforme. El blazer le quedaba holgado y el azul profundo empalidecía su semblante. Parecía un pequeño hombre, tan serio y vestido de ese modo. Caminaba con pasos cortos por el sendero de lajas irregulares. No correteaba, como los otros niños, sino que seguía una línea recta, su cabeza gacha, los ojos fijos en el suelo.
Desde la distancia los escalones se veían exageradamente altos. Eran peldaños enormes, grises y amenazantes, con un borde filoso. De trastabillarse, podría caer para atrás y lastimarse y una caída despertaría la risa de los demás, de esos futuros compañeros que lo recibirían con burlas. Ciertamente, el juego había sido una tontera, como haberle mandado el e-mail a Sergio, pidiéndole que lo recogiera a la salida del colegio. Aún sin el e-mail apenas supiera la noticia vendría a buscarlo. Ahora se habían mudado tan cerca que les sería sencillo a los dos restablecer el contacto.
Vio que Pablo ya estaba a unos pasos de la escalera. ¡Dios!, pensó, ¡cuánto pesa la mochila! Jamás lo logrará y sentirá vergüenza. Ella ya se hubiese vuelto corriendo hacia la vieja camioneta donde su padre la estaría esperando, sus ojos saltones burlándose, sugerentes, prediciendo su vida. Podría bajarse del coche y llamarlo, gritarle que había olvidado cualquier cosa, el dinero para el almuerzo. Pero ya era tarde.
Pablo estaba junto a la escalera y sin titubear o mirar atrás subía los peldaños uno en uno. Cuando llegó a la explanada se acercó a un grupo de estudiantes y les tendió la mano. Podía adivinar en su cara la sonrisa abierta de Sergio.
Consultó su reloj y vio que era temprano. La hora pico recién comenzaría dentro de dos horas o dos horas y media. Era el momento adecuado para retomar el camino hacia el puente. Con el escaso tránsito sería sencillo controlar movimientos y aceleraciones. Cuestión de segundos: una melodía en inglés, el perfume de los eucaliptos y el aire, dejándose saltar. Ni siquiera sentiría culpa por causar molestias. Nadie se había tomado el trabajo de reparar el guarda-rail.
ELSA POMI – Santa Fe
PRIMER PREMIO narrativa concurso “Elda Massoni” 2010, organizado por E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados)
   
         
 

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