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Ernest Heminguay - un norteamericano de vida azarosa, hombre cercano a la muerte en su condición de corresponsal de guerra y que eligiera el punto final de su existencia - utiliza, como prólogo de su novela más famosa -"Por quien doblan las campanas" - unos versos de Jhon Donne, un inglés variado en su forma de vida: fué abogado católico por nacimiento pero predicador anglicano por cambio y, fundamentalmente, poeta. Así un tramo de la poesía "nunca preguntes por quien doblan las campanas: doblan por tí".
Conciente o subconcientemente eso de ver en la muerte ajena la propia muerte es común. Esa sensación se magnifica cuando quien ha muerto pertenece a la misma generación del que todavía sigue vivo. Años más, años menos.
El texto completo del breve poema de Donne, que pertenece a su libro "Devociones para ocasiones emergentes" así dice: "Nadie es una isla completa en si mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de tierra: si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda
disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti".
En la mañana del domingo 6 de octubre del vigente 2002 estábamos haciendo la audición radial "Día Uno". Entrevistábamos a Alfredo Williner. Se acercó a la mesa el boletinero Leonardo Kurganoff para leer una noticia. La información nos impactó. Había muerto Rodolfo Bienvenido Muriel, el rafaelino que por más largo tiempo habia gobernado su ciudad. Dito Williner recordó que su pabre ya fallecido -Armando Williner - fué el primer presidente del Intituto Municipal de la Vivienda, durante una de la administraciones de Muriel, un ente que le cambió la cara - mejorándola sustancialmente - a sectores pobres de la Perla del Oeste.
Recordable son aquellos emprendimientos iniciales donde un hombre humilde y emprendedor de la zona norte de la ciudad - Canuto Gil Gonzalez - se convirtió en unos de próceres rafaelinos.
Pero la serie de casitas dignas, que suplantaron a los tristes remedos de lugares para habitar, no fueron los únicos signos de progreso ciudadano que mejoraron, en tiempos del Intendente Muriel, a la ciudad donde uno vive y a la que uno ama. Cientos de cuadradas de pavimento, cloacas y redes de agua potable se sumaron a las obras públicas. El ex Mercado Municipal - allí donde el padre de Muriel supo tener su puesto de frutas y verduras - se convirtió en terminal de omnibus en uno de los tantos episodios que motivó a los rafaelinos a la práctica de unos de sus deportes favoritos: la discusión.
Aunque en el último intento de volver a la intendencia - el único frustrado - Muriel concurso electoralmente como sublema del justicialismo, aunque históricos fueron sus exitosos tiempos de vecinalista - el movimiento de Afirmación Vecinalista fue una de sus creaciones - memorar a Muriel políticamente es, fundamentalmente, ubicarlo como radical. Fue uno de los más decididos y eficaces militante y dirigentes de la juventud partidaria. Tras el cisma tucumano se ubicó en el Movimiento de Integración y Desarrollo y allí colaboró, muy cercanamente, con hombres distinguidos como Angel Oscar Prece, Carlos Sylvestre Begnis y el mismísimo Arturo Frondizi. Seguramente inspirado por su acción, el recordado Aldo Trinchieri - allá en Sunchales - paso de radical a vecinalista.
Rodolfo Bienvenido Muriel orador merece un par de párrafos. Mi condición, por varios años, de locutor del municipio me valió ser testigo de una vocación por hablar en público que en Muriel se habia iniciado en sus tiempos de estudiante.
Alguna vez, en aquella época juvenil, ganó un concurso de oratoria en que resultó segundo otro rafaelino ilustre: Luis Mársico. De un decir sencillo y ameno, aunque no exento de frecuentes menciones literarias, Muriel tenía sus predilectos para las citas. Entre ellos figuraba el poeta de Rafaela Mario R. Vecchioli. Seguramente sus antepasados españoles -
por eso se lo mencionaba como el "gallego" - motivaban sus menciones de frases del filósofo Ortega y Gasset o del poeta Federico Gacía Lorca. No solía faltar la intercalación de algunos versos de Hector Gagliardi. De aquellos actos oficiales recuerdo, muy especialmente, los desarrollos en la plaza del barrio 9 de julio. Tras la memoración del día de la independencia el programa continuaba con un oficio religioso celebrado en la cercana iglesia. Entonces el padre Victorio Venturín, un cura italiano inolvidable, instaba a las autoridades presentes a desarrollar la tarea con un mayor sentido
humanitario. Los retaba el cura. Algunos se sentían algo incómodos ante las arremetidas verbales del religioso. Muriel parecía divertido y, culminado el oficio, conversaba muy amistosamente con el sacerdote.
Fue, el que recordamos, un intendente de muy particular estilo. No era necesaria la solicitud de audiencia previa para conversar con él. Su despacho era de puertas abiertas. Aunque muchos recuerdan que cuando llegaba a la municipalidad silbando bajito era de temer y sus arranques de enojo eran memorables (una vez se quebró una muñeca por rudo golpe dado sobre su escritorio) el trato con sus empleados solía ser amistoso. Era raro que se le dijera intendente: Rodolfo o gallego los más confianzudos, recuerdo una anecdota graciosa. Un ordenanza le dijo: "Se acordó, Rodolfo, de lo que le pedí", Respondió Muriel: "Me olvidé y, agachándose hizo una invitación
absurda, como una suerte de castigo por su falta de memoria, que desconcertó al ordenaza y a los presentes; "pegáme una patada en el culo".
Cuando su última gestión culminó abruptamente, los exagerados, con mala intención, imaginaban que Muriel había salido de la función pública con buen dinero. Muchos al ver que los años pasaban se preguntaban cuándo iba a comenzar a gastar la plata. Seguía viviendo en su casa de calle Garibaldi, en el barrio Mosconi, cambiaba su automóvil con una
periodicidad común (hasta que se desprendió del vehículo al dejar de manejar), continuaba reunido con amigos, consumiendo un módico café en la tertulia del Roberto Grau y
hacía esa vida metódica y barata de tanto rafaelino medio. No gastaba la plata que le adjudicó la mala intención por una razón simple como un anillo: nunca la tuvo. Eso de las campanas doblan por uno mismo también tiene que ver que la etapa de Muriel intendente estuvo vinculada a los tiempos más dinámicos del Beceyro periodista. Decir que con Muriel nos llevamos siempre bien sería mentir.
Algunas veces discutimos fervorosamente y en algún tiempo estuvimos distanciados. Pero recuerdo que Omar Emmert - el concejal más brillante que tuvo la ciudad - me dijo una vez: "Beceyro es murielista pero da micrófono a todos". La frase, dicha amablemente, contenía una sutil crítica a una supuesta falta de objetividad periodística pero yo, por la parte final del parlamento, preferí tomarla como un elogio.
En alguna oportunidad estaba compartiendo una mesa del Grau con otro ex intendente de buen recuerdo: Virgiglio Cordero. Muriel ingresó al lugar. No sabía como habian
quedado las relaciones entre ambos y temí ante la posibilidad de un mal momento. Fue en vano el recelo. Cordero y Muriel se saludaron amistosamente y conversaron brevemente. Ya lo dijo Aristóteles: así como las cosas se diferencian en lo que se parecen, quizás podríamos decir .- según Sábato - que los hombres se separarán por lo mismo que quieren. Esos dos hombres, encontrados en el ámbito inigualable del café, seguramente, en más de una oportunidad, se distanciaron por diferencias políticas pero ambos estaban fuertemente unidos por un mismo amor: el que sentían por la ciudad a la que tuvieron el honor de
gobernar.
La última vez que conversé con Muriel fue en la esquina de Striker (ya sé que Striker ya no está pero la intersección de Lavalle con San Martín sigue siendo suya). Lo encontré calmo, pero desalentado. Al guerrero firme, decidido, personal, por momentos agresivos, le había llegado, antes de su partida definitiva, la hora del reposo.?
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