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Apuntes para un Film |
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ALEJANDRA GIANELLO (San
José del Rincón – Santa Fe) Primer premio narrativa concurso “Elda Massoni 2011” de E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados) |
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APUNTES PARA UN FILM Hay una mujer que barre su casa en Rincón. Vive sola y desde muy temprano limpia lo que limpió el día anterior. No espera visitas porque a nadie conoce. Hace apenas unos meses que se mudó y no pudo, aún, hacer amigos. Repasa los muebles una y otra vez intentando quitarles el polvo que viene desde la calle. Después sale al jardín y comienza a llenar con agua unos tachos para baldear la galería. Como está descalza pisa el líquido que termina de verter y apenas lo hace, percibe el feroz calor de las baldosas que se cuela por debajo y que le comienza a quemar los pies. A la misma hora no muy lejos de donde vive la mujer que limpia, hay un hombre que deja enfriar su café. Mira por la ventana la lluvia de florcitas amarillas que se desprende de las añosas tipas a comienzos de diciembre. Lleva muchas de esas lluvias en sus pupilas y esto le importa y lo inquieta un tanto. Toma un papel y anota algunas tareas que ya no pueden posponerse más. Necesita dos metros de cuerina y clavos de tapicería para reparar el sillón. Toma otro papel y vuelve a anotar. Se lava la cara y examina frente al espejo su perfil mojado y ganador. Ensaya varias poses y las aprueba con un gesto entre taimado y socarrón. Después, el hombre engominado, monta su vieja bicicleta y con esfuerzo se va pedaleando por la solitaria calle tapizada de flores. Dentro de la iglesia otra mujer espera por el cura. Mientras lo hace, practica una justificación. Necesita decirlo en voz alta. Necesita escuchar de su propia boca la confesión de su más atrevido pecado. Pero para hacerlo debe haber alguien fuerte que la sostenga cuando lo escupa. Un ramito de jazmines que trajo a media mañana comienza a desmayarse en su mano. Va perdiendo, como ella, su garbo y lozanía en esa espera que le parece eterna. Por el calor y la angustia, suda y los arabescos del vestido se le pegan al cuerpo. Si pudiera, con gusto se quitaría esa ropa como un acto simbólico por despojarse de cada mentira; de toda la culpa. Pero no lo hace porque empeoraría aún más la cosa. Exhala un suspiro entrecortado frente al altar, se hace la señal de la cruz sobre el pecho y se desploma en el primer banco de la capilla aguardando por el párroco. Simultáneamente la mujer que limpia terminó de pulir su casa. Se mete bajo la ducha. Algo de vapor se esfuma por el balancín del baño cuando enjabona su cuerpo y piensa que ya no va a ser madre. Se abraza a sí misma. Intenta confortarse como puede. Se va agachando lentamente con la espalda pegada a los azulejos mientras el agua tibia le cae a pleno y llora, llora, llora. El hombre de la bicicleta saluda a otro con una mano en alto mientras circula por la calleja que desemboca en la plaza del pueblo. En el cruce de San Martín con Santa Rosa frena y se baja en la ferretería de Bambosi. Percibe, mientras entra, el olor del lugar que se mezcla con su loción de afeitar. Saca del bolsillo el papel y lo extiende en el mostrador. Es casi mediodía, la luz perfecta, la mejor hora para emprender la cacería. Por la ventanita con rejas del negocio puede observar de reojo como la plazoleta se llena de niños que salen de la escuela. Entonces recoge su compra, saluda y se va. A todo esto una presión de mil trece hectopascales y una humedad del setenta por ciento acompañan por la calle Castañeda, a la mujer que dejó de llorar. Camina esquivando padres, alumnos y maestros que taponan la entrada del colegio. Los sortea y mientras lo hace, les regala una media sonrisa cargada de infinita tristeza. Pretende llegar a la parroquia blanca que está en la esquina. Hará un último intento, un último pedido a la virgencita para que le acerque un hombre bueno y trabajador. Alguien le avisa en el oratorio a la mujer que espera que no podrá confesarse y la insta a que vuelva, al templo, otro día. La mujer no dice nada, sólo asiente con la cabeza y agradece. Se mira el anillo de bodas que tiene en el dedo anular y lo frota con sus lágrimas. Nunca más lo hará. Promete ante el Cristo de madera que no lo verá más. Le pide al misericordioso que la ayude a resistir la tentación de caer en los brazos de aquel maldito hombre en bicicleta. Cruza las manos sobre su corazón y con fervor le pide que lo aleje de su vida antes de que se entere su esposo. Tiembla toda y suda porque tiene miedo a ser descubierta. Le jura que sólo fue un momento de debilidad y le promete al piadoso reparar su falta y apenas pueda, volver al rebaño. El hombre con fijador en el pelo se sienta en un banco de la plaza cerca de la fuente seca pero antes apoya el rodado junto al monumento a Evita, frente a la iglesia. Yergue el torso y como buen cazador sabe que su presa está cerca. Su olfato no le miente. Hay un código en el aire que intenta descifrar. Hasta el canto de las cigarras entre los pinos se hace más agudo y penetrante. Otea el lugar. Busca en el paisaje lo que sobra o lo que falta. Se para y vuelve a oler hacia todos lados y gira y la ve venir hacia él. Se mete las manos en los bolsillos mientras ensaya mentalmente unas palabras de bienvenida. Se adelanta unos pasos para recibirla. La mujer que termina de prometer lo mira fijo a los ojos y también avanza. El varón le devuelve una mirada negra que la hace estremecer. Quedan, cazador y pecadora, parados uno frente al otro sin emitir palabra hasta que la mujer no puede más, baja la vista y se marcha. El hombre queda solo y por un momento parece estar confuso. Se pasa el pañuelo por la frente y recoge junto con la transpiración, un montón de preguntas. Pero en el fondo sabe. Claro que lo sabe. Sabe muy bien el costo de esa brevedad de besos que en plena siesta le robó a la mujer de otro. Suspira, no por lo que acaba de perder sino por el alivio que siente. Piensa que nadie debe sufrir cuando pierde algo que nunca tuvo y mientras camina en círculos se quita todo peso, toda carga. Después llena sus pulmones con un aire sano debajo de los árboles. Se distiende dentro de la inmensa escenografía verde cargada de farolas que empieza a despoblarse en ese mismo momento. Echa un vistazo a los juegos, a las dos viejas que esperan el colectivo y se aposta en el centro de la rotonda para tener todo bajo control. Ese es su lugar. Ese es su coto de caza. Cada corteza, cada baldosón, cada cartel son solo suyos, como suyos todos los susurros arrancados a las frágiles muchachitas que le ofrecieron sus labios. A nadie entregaría esto. Lo promete. A nadie. Cerca de la una de la tarde la mujer que dejó de llorar sale de la iglesia y choca con una temperatura de treinta y un grados en medio de la plaza. Bajo el amparo de los tilos un hombre la detiene y le pregunta si es nueva en el pueblo. La mujer con asombro le dice que sí y le sonríe. Entonces él se ofrece a cargar su bolso en el canasto de su vieja bicicleta. Ella acepta pasear un tramo con el gentil hombre y a las pocas cuadras se siente bien, mucho mejor, cuando ve la lluvia de miles y miles de florcitas amarillas que se desprenden de las tipas y que tapiza la calle.
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