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Los Inciertos |
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LUIS ESMAIL (Rosario –
Santa Fe) Segundo premio cuento concurso “Elda Massoni 2011” de E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados) |
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LOS INCIERTOS En el principio, todo era una nada apoyada, firmemente, sobre las dieciocho cuerdas que unen, por sus lados y extremos cóncavos, cada uno de los costados del infinito. Nosotros estábamos ubicados en posición de trabajo, encima de las intersecciones (evitando caer hacia alguna de las imprecisiones del tiempo) de las cuerdas y sus sombras. La luz de todo lo increado se nos colaba, a puro poder o insolencia casi, por cualquiera de los dudosos desfiladeros del núcleo poderoso del tiempo y sus extremidades. Entonces, y para ir ordenando los sucesos, aclaro que en el principio no fue la oscuridad, el vacío, ni la nada; en el principio fuimos nosotros, los inciertos, los que fuimos creados para crear. Nos dimos en llamar los inciertos, aunque, lo intuimos bien pronto, apenas de habríamos de ser los innecesarios, los condenados o, cuando mucho y como para salvar en un poco aunque sea nuestra vaga indignidad, los útiles. Fuimos siete –era lógico el número, ahora que lo pienso y ahora que ya hay tiempo- los que hicimos el trabajo. ¿Instrucciones? quién sabe… El espacio de trabajo se nos representó por sí mismo y sin que tuviéramos que elaborarlo demasiado; después de todo, las cuerdas, vibrando, nos contenían lo suficiente. Teníamos prohibido comunicarnos, hablar. Además, teniendo en cuenta que todo sucedió en un instante, hablar, se comprende, hubiera sido en balde. Cada uno tenía una misión muy precisa. Yo estaba encargado de dotar al ser que debíamos soñar, de mirada y de su correspondiente ilusión: una existencia fugaz y con algún atisbo de sentido. Lo más difícil fueron las palabras. Era la tarea que el integrante número cinco debía concretar. Los demás hicieron, cada uno a su tiempo, su parte de trabajo y, esto hay que decirlo, se realizó un buen trabajo. El diseño de la nueva unidad fue, así, afortunadamente, de lo más apropiada y afín con lo encomendado. La orden fue tan indescifrable como concreta y clara: crear un ser que pudiera habitar un punto infinitesimal que, en ese mismo momento, pero en algún otro lugar de la nada, estaba siendo pensado por otro equipo de trabajo. Otros, a su vez, en quién sabe qué otro cono de penumbra, estaba imaginando el espacio necesario donde se habrían de ubicar y echar a rodar las creaciones una vez finalizadas. Con las palabras, el número cinco, y a juzgar por las incontables indecisiones de la que fuera víctima, demostró no estar lo suficientemente capacitado para el trabajo al que fue elegido por El Superior. Sin querer y sin hablar –recordemos que no nos estada dado hacerlo- tanteamos, por primera vez, un error, una flaqueza, una duda. Cómo podría, El Superior, haber creado un creador que no sabía, rotundamente, hacer su parte. Nos invadieron las preguntas, nos asoló la duda, la desconfianza. ¿Habría sido una estrategia premeditada por El Superior? ¿Un plan? ¿Un temblor entre los dedos de la supremacía? Olvidar, cuando no hay nada mejor a mano, cuando no hay palabra a la vista, suele ser lo más conveniente. El Superior nos había dado una gran misión y, con ello, una gran condena. Después del instante de la creación, llegó el instante de la congoja. Siempre igual. Fuimos elegidos para sabernos poderosos por unos breves espacios de tiempo y, a continuación, padecer por lo creado. El Superior sabía que así se comporta la vida, y él, oculto entre los pliegues del aliento de las sombras, nos hizo sentir felices por lo hecho, sin darnos cuenta de que, con lo creado, se ponía a andar nuestra desaparición. Fuimos ingenuos… inexpertos. Lo que siguió ya es por todos conocido: quien más, quien menos, sabe por qué está con vida, por qué el sol brilla. Una vez concluido el proyecto, uno a uno, los siete, sin mediar palabra entre nosotros, ni entre El Superior y nosotros, por una orden rugida sin sonido y más parecida a un viento de precipicios que a un sonido de palabra, fuimos obligados a habitar cada hueco que llenaba el cuerpo inánime del nuevo ser. Tal como si fuéramos algún extraño combustible, algún equívoco horizonte en desgracia, nos tocó ser el alma que diera comienzo a nuestro engendro. Y, sabíamos, una vez vivo el ser, el único destino cierto y posible sería la muerte. Nos embargó la innegable sensación de sabernos, casi, una especie de entes parasitarios que existen siempre y cuando que el cuerpo que los soporta y alimenta siga con vida. Hoy por hoy, mientras tanto, sólo soñamos, los siete, con no desaparecer jamás. Hoy por hoy, ya nada sentimos ni lamentamos. Sólo, algunas veces, en especial si es de noche y es verano, quisiéramos poder decirnos algunas palabras, aunque fuera, al menos una, ahora, que hay tanta luz y tanta sombra. Tanta desilusión por nacer, tanta esperanza… |
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